El grito del desierto

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    Drake
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    El grito del desierto

    Mensaje  Drake el Lun Mar 09, 2009 9:05 pm

    Silencio, noche y sueño reinaban por igual en la triste ciudad. Las ratas recorrían en solitario las desiertas y deterioradas calles, compartiéndolas con algún que otro animal. El rítmico y minúsculo “tap-tap” de sus cortos pasos perturbaba la calma de la ciudad en insuflaba nerviosismo en los corazones de los oídos más agudos y sensibles. Sus patas barrían pequeñas huellas en los empolvados caminos y callejones. El viento se apresuraba a borrar las finas huellas, espejismo de limpieza. Éste, tórrido y lento, iba recorriendo cada una de las pequeñas y escabrosas calles. Las mismas que cada día parecían más invadidas por la arena que el anterior. El desierto que rodeaba la ciudad parecía no estar de acuerdo con la misma. Su inconformismo era plenamente visible para cualquiera. No conforme con su vasta extensión actual, sus diminutos emisarios iban tomando todos los rincones posibles del lugar. Las calles, que en los comienzos de la ciudad destacaban por su pulcritud y limpieza, habían sido las primeras en sufrir la invasión. Luego le habían llegado el turno a los edificios. La arena había entrado con facilidad en las casas por puertas y ventanas, sin ser capaces sus habitantes de echarla más rápido de lo que entraba. Por último, la arena acabó por entrar en los propios habitantes. Estos se volvieron ariscos, guales, insignificantes. Los mismos que escuchaban con pavor los gruñidos de uno de los pocos perros que quedaban en la ciudad lidiar con una rata. El crujir de unos huesos quebradizos del pequeño roedor al ceder como la madera reseca, el chasquido de la carne al desgarrarse como el cuero o la succión de la sangre al ceder los vasos que la transportaban los sentían cómo si fueran suyos. Y es que, cuando los perros de presa salían a buscar ratas a sus madrigueras, el ruido de una puerta al caer los desprendía de su ligero e intranquilo sueño. Intentaban ignorar los chillidos de terror y rezaban porque no fueran ellos los siguientes. Rezaban en silencio, pues estaba prohibido, y no sabían tampoco a quién rezaban. Sin embargo, tenían verdadera fe mientras la realidad no se rebelara totalmente contra ellos.
    Esta estampa presentaba la aislada ciudad. La naturaleza caprichosa se había comido todas las ramas que sostenía aquella hoja, y esta se había secado y marchitado al rítmico son de las estaciones. La ciudad sufría con la monotonía. No aguantaba el ritmo lento de los habitantes corrientes. Su mudez al recorrer las calles junto a sus congéneres. El apático arrastrar de pies que levantaba el polvo y cubría el suelo con el espíritu, pisoteado varias veces al día. La tos seca de sabor seco y tieso, fruto de la alfombra dorada y falsa con que estaban asfaltada la carretera. La voz ronca , de tono monocorde, que compartían en común lenguaje los habitantes en las escasas ocasiones en que necesitaban comunicarse. Los alimentos tenían siempre un gusto insípido y seco, y eran mayormente una pasta grumosa y beige, pegajosa y que costaba trabajo tragar, aderezada con un defecto de agua.
    Todo este cansancio que personificaban sus gentes y edificios la superaba. La viveza y esplendor a que estaba destinada se habían diluido sin agua. Todas las esperanzas de grandeza habían estallado como pompas de arena. Se las prometía muy felices, cómo una niña mimada y consentida que mira un paseo alfombrado con pétalos de rosa. Y las rosas del desierto eran demasiado escasas. Quedaba entonces su apagado esqueleto de viviendas unifamiliares. Una sola planta, paredes gruesas de barro y un contorno irregular era la tónica general en las viviendas. Los habitantes, de piel tostada por el sol y agrietada por el tedio, habían decidido hacía tiempo que fuera así, y a nadie se le había ocurrido cambiarlo. Hasta entonces.

    -Te habías movido. Habías decidido que esto no era para ti. Creíste que una vida estática, tranquila, como la de todo el mundo, no te satisfacía. Que preferías arriesgarte a un futuro incierto que pasear por la tranquilidad y seguridad que te ofrecía esta sociedad. Fuiste un inconformista que lejos de aceptar el papel que le tocaba cambiaste de rumbo por completo. Quizá te podría haber ido bien si hubieras abandonado la patria. Con la decisión que has demostrado es posible que hubieras superado el desierto. Hubieras contemplado la civilización más allá de esta sombra que tenemos aquí. Que te gustara o no es otra cuestión, pero allí serían sin duda más partidarios de unas ideas de cambio que no tienen cabida en lo que ahora vivimos. El sistema los iguala a todos, pero tú querías ser diferente, y luchaste por ello. Nunca sentiste un miedo real a los que estaban por encima de ti, nunca los viste así. La libertad, dices, es lo que te impulsó a hacer lo que hiciste, pero ni siquiera sabes lo que es la libertad. Quizá hayas leído algún libro prohibido o hayas escuchado una palabra susurrada en voz muy baja, pero pondría mi mano en el fuego una y mil veces por decir que no tienes ni idea de lo que hablas realmente. No me mires así, has nacido aquí, sólo con eso mi aseveración se sostiene perfectamente. Llevo viviendo aquí mucho tiempo, más del que te imaginas. Por delante de mí han pasado miles y miles de personas a las que he visto alicaídas y cenicientas. He vivido también en tiempos mejores en que la alegría estaba esparcida por todas partes, y puedo decirte que no encajas ni en uno ni en otro grupo. Tú no gozas de esa alegría y esa libertad. Lo tuyo es un desafío. Te sentiste lo suficientemente capaz de desafiar tú solo a lo que hemos construido, y has perdido.
    Te vestiste con ropa oscura, que no cumplía la reglamentación. Guardaste dentro de esta algunas herramientas con cuidado. Pensaste unos segundos en tu familia. Sí, sé que tienes familia y sé quiénes son. Y con un beso de despedida a tu hijita, pese a saber que no volverías, saliste de casa. Hacía mucho tiempo que alguien sin uniforme salía de su casa en lo que es la ciudad propiamente dicha. Tu capa raída y malamente cosida por ti ondeaba en silencio al viento. Debo reconocer que conseguiste muy bien el color de tu ropa, se fundía a la perfección con las paredes de los edificios. Ninguno de nuestros perros llego a verte. Tampoco creo que prestaran mucha atención. En otros tiempos estaban siempre vigilantes. Nerviosos y preocupados de que en cualquier momento les atacaran, pero ahora, en su confianza, no prestan atención ninguna. Sus movimientos solamente sirven para recordar a la población su presencia y, eso al menos, lo hacen bien. Cubriste tu cara también con pintura, por si acaso tu piel pudiera delatarte. Si me hubieras preguntado antes, te habría dicho que no hacía falta. Claro que si me hubieras preguntado antes, probablemente no habrías llegado a salir de tu casa. Recorriste en silencio las calles. Probablemente lo hayas practicado muchas veces, ya que ninguno de los sensores de ruido o movimiento llegó a captarte. Definitivamente lo preparaste desde hacía mucho tiempo. No sé ni siquiera cómo nadie llegó a darse cuenta de tu entrenamiento y esfuerzo. Definitivamente alguien cómo tú no nos hubiera venido mal en otros momentos, donde gente esforzada y con convicciones fuertes eran bien apreciados. Pero no has tenido la suerte de nacer entonces. Tras franquear los controles más fáciles, llegaste hasta la puerta de la ciudad. Aquí la cosa cambiaba. Un portón de acero te impedía la entrada, y sortearlo por arriba tampoco era una opción muy plausible. Para todo hay solución, por supuesto. Quizá por prepotencia se pensó que una puerta infranqueable servía para evitar que la gente entrara. A muy poca gente se le ocurre entrar por las paredes. Tuviste que invertir muchos días, o noches, en ir mermando poco a poco aquella recóndita región de muro para poder entrar. Una vez pasaste a la siguiente región probablemente tuvieras que esperar unos instantes antes de proseguir. No creo que fuera tu intención, pero a toda la gente que he visto entrar en la ciudadela sin haberla visto antes se le queda la misma cara. Las calles están libres de arena. Los edificios se alzan como agujas hacia el cielo. Las fachadas impecables y lisas. Todo como en un relato de ciencia ficción, realidades imposibles de imaginar vívidamente. Romper ese muro que os separa de nosotros es como juntar dos realidades casi irreconciliables. Intentar derribar por completo esa barrera, una temeridad con graves consecuencias. La pobreza no es algo casual, igual que la precariedad. Todo tiene un motivo y una forma de ser. Pensar lo contrario es pecar de igualitario, y eso también es delito. Cada uno es igual a los suyos, no a todos. Al fin aceptaste la realidad cómo era, superaste el choque tan pronunciado que había sido y continuaste. No te fue demasiado difícil deducir dónde ir, el edificio X destaca sobre el resto por su altura sin par y su gran diseño, piramidal, al estilo de los faraones. Vaya, perdona, se me olvidaba que no habías oído hablar de ellos, olvídalo. Entraste en el edificio rompiendo la puerta de cristal. No hay vigilancia ya que se supone que nadie llega hasta aquí, así que hasta ahí no hubo ningún problema. Subiste por las escaleras. Envidio el físico que tienes, no creo que hubiera sido capaz de ascender a través de los doscientos pisos sin descanso alguno. Lo que no acabo de entender es cómo llegaste a acceder al interior de las dependencias del presidente sin forzar la puerta, pero una vez dentro sin duda fue fácil. Sólo tuviste que acercarte a su cama y, mientras dormía, apuñalarle. Con un solo golpe te sirvió. Con lo que supongo que no contabas es con la telemetría. Las constantes vitales de nuestro difunto líder se controlaban de forma permanente, y al morir este la alarma saltó. No tuviste la fortuna suficiente para llegar a escapar. Te pillaron y aquí estás –Sonrió, mostrando una ampulosa sonrisa de presidente, que llevaba tiempo ensayando.
    -Cuatro –respondió él, sin inmutarse.
    -¿Qué? ¿Cuatro qué? –inquirió su interlocutor, colocándose cuidadosamente las gafas mientras le observaba con curiosidad.
    -Cuatro errores –aclaró el asesino-. Primero, sé lo que es la libertad, segundo, la igualdad no es ninguna tontería, tercero, sé lo que son los faraones, y cuarto, sabía perfectamente lo de la telemetría.
    Arqueó una ceja en señal de incredulidad –Vaya, si tanto sabías, ¿cómo es que te hemos cogido? –se rió un poco, y detrás de él le imitaron sus inferiores de forma más nerviosa.
    -Porque no importa, caerás igual –dijo impertérrito ante las burlas.
    -Pues –hizo un gesto con la mano- no creo que seas tú el que consiga eso.

    Se lo llevaron para su eliminación posterior. Tenían bastante experiencia en eliminar gente. Al nuevo presidente no le había venido nada mal la acción de aquél individuo. Ahora él era la persona más poderosa de aquella ciudad y podía tener todo lo que quisiera. Por supuesto, antes también era así, pero presidente sonaba mucho mejor que vicepresidente. Se fue a dormir temprano, disfrutando de sus sábanas nuevas.

    En medio de la noche, un ruido lo despertó. Cuando alzó la cabeza, vio frente a él al mismo individuo cuya ejecución había presenciado horas antes. Sin duda, el tercero no tendría su seguridad a la hora de tratar con él. Estaban condenados. Condenados por el “tap-tap” de unas ratas demasiado numerosas para unos perros en extinción.


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    Con algunos versos tristes
    y una sonrisa descarada
    alzo este papel en ristre
    y blando mi pluma por espada.

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