Confesión

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    Confesión

    Mensaje  Sensei el Lun Abr 13, 2009 1:40 am

    En fin, ya que voy muy estresado y mi mente es así de cachonda, aquí tenéis un pequeño relato, cuento, cosa, pasatiempos, excusa para no trabajar o como os gusté llamarlo, que he escrito con la mente concentrada en las musarañas.
    Si, tengo un fic para escribir, no tengo perdón de dios… pero en fin, es lo que hay.



    Confesión

    Cada vez que pienso, cada vez que recuerdo… el húmedo paso de las lagrimas sufrientes que marcaron para siempre nuestros rostros. Profundas heridas que las espinas de las palabras poco a poco abrieron y que el tiempo poco a poco cerrará. Como aquel que no es correspondido y que con el tiempo olvida, como las marcas en el polvoriento suelo cuando llueve, y que poco desaparecen.
    ¿Quién podría olvidar unos recuerdos tan dolorosos? ¿Quién podría volver atrás para corregir los errores que una vez cometí? Si tuviera oportunidad no dudaría… Lo daría todo para volver a ver aquellos ojos como el cielo o el mar que me miraban al despertarme. Aquella profunda mirada imperturbable de cada día, de aquel día…
    En mi interior tengo el dolor de aquél que no es perdonado. Un dolor que tortura y fatiga, poco a poco, hasta que finalmente te mata. No es fácil perdonar, pero aún lo es menos vivir con esta nostalgia. Si pudiera volver a intentarlo, todo sería distinto… las dolorosas y maldecidas heridas que las palabras, con el paso del tiempo, crean sentimientos de hostilidad…
    El tiempo eliminará las heridas más profundas, pero también la intensa y sincera felicidad de antaño. Aquella felicidad que poco a poco fue cambiando para dar paso en primer lugar a la desconfianza, después a la mentira y, ahora, finalmente la verdad revelada que desenmascarará mi gran error.
    No es fácil olvidar una sonrisa, no es fácil olvidar aquella sonrisa cálida y dulce que, un día, causó que me enamorara locamente.
    Como me arrepiento de mi decisión… como me hubiera gustado que nuestra historia no hubiera terminado así. Pero las cosas con como son, así es la vida i nadie lo puede cambiar. I con cada mentira o con cada palabra no dicha, con cada lagrima, cada error, fui escribiendo cada línea de nuestro final trágico e inevitable.

    Incluso ahora, después de tanto tiempo, aún recuerdo como empezó todo.

    Era un lluvioso día de otoño. El viento había empezado a soplar y la gente iba cada vez más abrigada. Como cada mañana salí a comprar el diario y el desayuno. Al volver, un desconocido de ojos cautivadores se cruzó en mi camino, iba tan distraído que no me vio, y el café que llevaba terminó dispersado por todos lados. Mi primera reacción fue enfurecerme. Tenía la ropa manchada, algunas páginas del diario ilegibles y el desayuno húmedo de café aún humeante. Me fui malhumorada sin siquiera dejarle hablar.
    Si, querido, aquel eras tú. Tan despreocupado, tan inconsciente como siempre. Como podría haber imaginado, en aquel instante, que serias el amor de mi vida, que te convertirías en mi alegría y obsesión, en mi historia de amor…
    Al llegar a casa, me cambié y fui a trabajar. Era tarde. Salí corriendo y, por suerte, llegué a tiempo. Aquel día fue duro. Bueno, como todos. No siempre es fácil ser abogada. Al salir empezó a llover, y no parecía que fuera a parar nunca y, con las prisas de la mañana, me había dejado el paraguas haciendo oídos sordos a la previsión del tiempo. En ese momento apareciste entre la multitud, en medio de un diluvio de pequeñas y frías gotas de agua que desfiguraba el cielo. Casualmente pasabas por allí, o esto fue lo que dijiste. Llevabas un paraguas. La verdad es que te reconocí enseguida. Me pediste si esperaba a alguien. Contesté que no, así que finalmente te decidiste a preguntarme si quería ir a tomar algo. Después ya me llevarías a casa. Decías que era lo mínimo que podías hacer después de haber echado a perder mi desayuno. Y, como era de esperar, acepté. ¿Cómo podía negarme a aquellos ojos azules y cautivadores, acompañados de tu cálida sonrisa? Fuimos a una cafetería, aunque yo ya había tenido suficientes experiencias con cafés para aquel día. Hablamos de todo y de nada hasta el anochecer, momento en el que me acompañaste a casa con el paraguas. Aún llovía de forma insistente.

    El resto de la semana pasó sin nada que destacar, los días se sucedían como siempre, iba de casa al trabajo y del trabajo a casa. Algunas noches salía con los compañeros del bufete, pero normalmente volvía de seguida. Y aunque recordaba con todo detalle la mirada de aquel desconocido, no le di ninguna importancia. Del mismo modo pasaron los días, las semanas e incluso los meses. Hasta que una tranquila tarde de primavera, cansada de estar en casa, me decidí a ir al cine. Compré la entrada y entré en la sala cuando las luces se habían apagado. Fui buscando mi filera mientras iban pasando los tráileres, hasta que finalmente encontré mi asiento. Pero estaba ocupado. Le indiqué a aquel señor que estaba a ocupando mi lugar, y al darse la vuelta vi que volvías a ser tú. El hombre del café. Nos habían dado el mismo asiento por error. Cosa del destino. Después de quejarnos, y recuperar el dinero, te mostraste indignado y me indicaste que nos íbamos, que me invitabas a cenar. Acepté sin vacilar. Creia que me llevarías a un restaurante francés, o quizá a un italiano, pero sorprendentemente me llevaste a un parque. Un parque precioso, llevo de arboles y con una inmensa fuente en el medio. Al lado de un banco había una parada de comida rápida. Me llevaste ahí y me dijiste que probara aquellos frankfurts, que no habría probado nunca nada igual. Aquella no era la cena que siempre había soñado. Pero la verdad es que debajo la luz de la farola, con la cálida brisa primaveral acariciando suavemente nuestros rostros, con la lluvia de estrellas que se reflectaban en tus ojos, en aquel momento, empecé a enamorarme de ti, casi sin darme cuenta. Eras como un soplo de aire fresco y renovador, y sentía que había encontrado la luz al final de un aburrido y monótono oscuro túnel.
    Igual que la última vez, me acompañaste a casa. Pero, a diferencia, esta vez te invité a entrar. Aceptaste. Después de una última copa, la tentación se hizo irresistible, se hizo material. Nos fundimos en uno solo. Tu y yo en aquella habitación, la extraña sensación de bienestar que me recorría el cuerpo, la incertidumbre que flotaba en el ambiente, los nervios y la ilusión de cuanto, de pequeños abrimos nuestro regalo en Navidad. Emocionado y nervioso, como si fuera la primera vez.

    Pasaba los días recordando, soñando… ¿como poder olvidar el tacto y calidez de tu piel entre las sabanas, tus labios ardientes sobre los míos, la consumación de nuestra pasión? Desde aquel día nos veíamos cada vez de forma mas frecuente.
    Y a medida que el tiempo pasaba nos fuimos conociendo mejor, el vínculo que nos unía se fortaleció y el amor más intenso. En aquel tiempo los dos aún éramos muy pasionales.

    Pero la verdad es que también vivimos momentos duros.
    Un par de meses más tarde, con la muerte de tu padre, te derrumbaste. Parecía que nunca te ibas a recuperar. Te habías aislado de todo en un vacio donde nadie podía entrar, ni siquiera yo, y del cual solo podías salir solo. Nuestra relación se hizo cada vez más distante, nos separaba un muro de silencio que solo rompíamos por trifulcas y discusiones, que despertaron la desconfianza… O, mejor dicho, un déficit de confianza que, por suerte, después de recuperarte fue disminuyendo. Pero reconstruir la confianza no es fácil, y la nuestra quedó debilitada.

    Después de esta etapa, poco a poco seguimos adelante y cada vez estábamos mejor. Nuestra relación no podía ser más estable, y de las cicatrices emanaba un nuevo amor mas profundo y fuerte que el anterior.
    Vivíamos separados, pero todo nos iba bien. Tú continuabas ejerciendo de médico, y yo de abogada. A pesar de esto, nos veíamos en todo minuto libre, cada noche, hacíamos juntos las tres comidas. Una pareja.
    Pero, como siempre, la tranquilidad no es para siempre y las discusiones vuelven, nunca terminan. I en las discusiones, a veces, las palabras que nos guardamos para nosotros salen a la luz, reabriendo viejas heridas ya cerradas. Esta incertidumbre, esta maldita desconfianza que volvió aparecer, fue la causante que nos separásemos. Ya no encontrábamos tanto tiempo para el otro, y aunque parecía que las cosas se iban solucionando, en realidad no fue así.
    Yo estaba mal, tenía miedo que nuestra historia terminara en fracaso y necesitaba hablar con alguien. Desde este momento empecé a verme cada vez más, para hablar, con un buen amigo del trabajo. Lo continué haciendo incluso después de que volviésemos a estar bien. Solo era un viejo amigo, pero supongo que cuando pasas mucho tiempo con una persona empiezas a sentir. Y las terceras personas en una relación siempre, aunque solo sean amigos, siempre causan daño. No había no tendría que pasar nada entre nosotros, y tú te lo creías, aunque sabias que siempre hay sentimientos que aparecen y que nadie puede evitar, que no se pueden reprimir.
    Al cabo de unos días me di cuenta. Si algo me gustaba y la quería, tenía que cogerlo, aunque se tratase de un clavo ardiendo. No podía esperar a que todo se solucionase por gracia divina. Por eso me decidí. Obedecí lo que me dictaba el corazón y no la cabeza, te dije que lo sentía. Sentía haberte hecho dudar. Te quería, saldríamos de esta y no podía dejarte escapar. Que eras, y lo sigues siendo, el amor de mi vida, y que no podía imaginare vivir sin ti.

    Fuimos felices. Vivíamos cada momento juntos, compartíamos cada instante, no sentíamos tan unidos que decidimos irnos a vivir juntos, huir de la ciudad para empezar de nuevo y dejar todo el pasado atrás. Y es que no hay nada más poderoso que el amor entre dos personas, pero sí que hay algo más fuerte que su voluntad. Y es el destino. Un destino que determinaba mi muerte.

    No espero que lo comprendas, solo que aceptes mi decisión. Sé que nos es fácil escuchar, sentir, ver como la persona amada un día te dice que no está preparada para irse, que no te quiere ver más, que ya no te quiere y que no la intentes recuperar que de nada serviría. Pero aún más doloroso es hacer daño a la persona que quieres, y aún más si eres consciente de ello. Todo tiene un principio y un final, y, a veces, para proteger a las personas que te importan del dolor, te ves obligado a mentirlas. Te quería evitar el sufrimiento de ver mi muerte, pero con las palabras aún te causé más daño a ti y también me lo causen a mí. Cuando me di cuenta del error que había cometido ya era demasiado tarde para volver atrás. La enfermedad cada día me consumía un poco más.
    Ahora me he dado cuenta que no me hubiera tenido que separar nunca de tu lado, que hubiera tenido que vivir feliz contigo, hasta el último momento. También he comprendido que el daño que te hecho con mis palabras es peor que cualquier otro dolor, peor que el dolor mismo de la muerte. Pero el tiempo no perdona, y ahora no estoy a tiempo de reparar mi error.

    Si querido, cuando leas esta carta yo probablemente ya no esté. Pero sé que sin mi saldrás adelante, como has salido adelante estos meses, y solo espero que algún día puedas perdonar mi falta de valor… No me vi con valor de decírtelo, y es de lo único que siempre me arrepentiré.
    Aprovecha cada momento, amor mío, y vive tu vida, siempre adelante. Hazlo en mi lugar y, por sobre de todo, ten siempre presente que lo siento… te quería i siempre lo haré, desde allá donde esté.

    Por desgracia se que estas palabras no solucionan nada, porque al final es lo que son. Solo palabras que van, vienen y vuelven. Palabras que, como las hojas en otoño, caen para dar pasó a las nuevas. Palabras que el viento se lleva y nunca más volverán.

    Adiós, mi amado.
    Para siempre tuya.


    XXX (poner nombre de chica que guste a la carta)

      Fecha y hora actual: Miér Jul 18, 2018 11:16 am