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    Dreaming_Zell
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    Mensaje  Dreaming_Zell el Mar Mar 24, 2009 7:05 pm

    Capítulo 1. El despertar.



    Año 20XX de nuestra época.

    Un edificio blanco se alzaba sobre la colina de las cruces, en Siauliai (Lituania). Nadie conoce como comenzó la costumbre, pero actualmente hay más de 50.000 cruces en dicha colina. Según la lengua popular, se dice que trae buena suerte a aquel que lo hace, otros dicen que la colina está repleta de cruces por una aparición de la Virgen, otros comentan que fueron causa de la revolución antizarista de la segunda mitad del siglo XX. El caso es que es un lugar emblemático y especial. El cual representa la devoción y la esperanza de aquellas personas que colocan una cruz en el lugar. El caso es que es un lugar único.

    El edificio hacia poco que había sido construido en el lugar. Nadie sabía exactamente por qué un edificio tan imponente y blanco se encontraba en aquel lugar. El edificio estaba claramente constituido por dos partes, una mas antigua y mas grisácea y que constaba de dos alturas, que hacia de base de una parte superior y mas nueva. Y una parte más moderna, construida encima de la antigua varios años después, eran tres pisos más y se podía distinguir de la anterior por su vivo color blanco. Aún así había una cierta similitud entre las dos partes del edificio, no había ventanas, ni una sola. La única entrada y salida del edificio era un portón de acero en la parte que daba de cara con el propio sendero de cruces que ascendía.

    El interior del edificio era más majestuoso que el exterior, pero igual de blanco. La primera planta se encontraba llena de estatuas que simbolizaban extraños animales que jamás habían existido sobre la faz de la Tierra. Aunque el edificio se alzaba cuatro alturas más, también descendía, pues una escalera llevaba hacia la parte inferior del edificio, no vista desde el exterior. Varias salas se encontraban en dicho subterráneo, solo era una planta, con paneles metálicos en la pared, muy diferente a las partes superiores del resto del lugar. El suelo estaba cubierto por fino mármol gris y por una fina capa de polvo, lo que cabía indicar que aquel lugar no se limpiaba con mucha frecuencia.

    John se despertaría en una de dichas salas del subterráneo quince horas después de haber sido introducido en ellas inconsciente. La sala estaba acolchada con un material esponjoso, típico de las salas de manicomio que salen en las películas. Un gran cristal, a modo de espejo gigante era lo único destacable en la sala. John no recordaba como había llegado hasta allí.

    - Al fin despiertas - dijo una voz ronca que John pronto localizó. Un muchacho estaba justo a su lado. El muchacho tenia el pelo lacio y negro, largo. Su piel era muy blanca, como si jamás hubiera visto el Sol. Vestía una camiseta de algodón de manga corta, de un color verde oliva, y llevaba un pantalón vaquero junto a unas zapatillas del mismo color que la camiseta. – Realmente creí que estarías muerto.

    - ¿Dónde me encuentro? – John se tocó la parte trasera de la cabeza, le dolía terriblemente, como si le hubieran golpeado, pero después de mirarse de nuevo la mano, pudo comprobar que no tenia rastros de sangre. - ¿Quién eres tu?

    - Tranquilo. Mi nombre es Sigitas. No pareces de por aquí chico, muchas veces traen a algún extranjero como tú, aunque no es lo habitual. – Sigitas sonrió y extendió su mano para saludar a John. - ¿Tu nombre?

    - Yo me llamo John. Dime, me has llamado extranjero, ¿dónde estamos? – preguntó de nuevo John.

    - Bueno, yo no lo sé con exactitud, jamás he vivido fuera de este lugar, no conozco el exterior. Pero vista la afluencia de gente lituana y el lenguaje normal que se suele hablar por aquí, diría que estamos en Lituania. – Sigitas volvió a sonreír.

    - ¿Lituania? Eso está a miles de kilómetros de mi casa. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Y cómo es que sabes hablar mi idioma? – John estaba cada vez más confuso.

    - No es fácil de explicar John, yo no sé como has llegado hasta aquí, unos vienen, otros se van, o mejor dicho, otros mueren, nadie sale de aquí con vida. – Sigitas sonrió de nuevo, no le asustaba la idea de morir. – Sobre como sé hablar tu idioma es sencillo, nací aquí, pero me enseñaron tu idioma, a los siete años ya sabía perfecto inglés y ahora, a mis veintidós años domino más de seis idiomas.

    John estaba confuso, no sabía ni cuando ni como había llegado hasta allí, tenía ganas de saber más, pero de pronto se quedó dormido. Una hora más tarde volvía a despertar. Esta vez vio a Sigitas justo en frente de el.

    - ¿Echando un sueñecillo John? Llevas dormido una hora. – dijo Sigitas con su inquebrantable sonrisa.

    - ¿Me he dormido? ¿Cómo puede ser eso? Hace nada estaba hablando contigo. – a John ya no le dolía la cabeza, pero cada vez estaba más confuso.

    - A veces pasa, te inyectaron una droga parecida a la anestesia para dormirte y traerte. A veces la persona cae de nuevo dormida y tarda horas y horas en volverse a despertar, otras son solo minutos, y otras incluso días, pero no te preocupes, ya no volverás a dormirte. – Sigitas le ayudó a levantarse. John tenía los músculos entumecidos.

    - ¿Y bien? ¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué estamos aquí? Sigo sin entenderlo. – John se volvió a sentar, sentía una gran pesadez y prefería estar sentado.

    - Bueno John, te explicaré todo cuanto sé. Somos como animales, como cobayas. Estamos en un centro científico, un centro donde experimentan con gente con habilidades. Quizá pienses que tú no tienes ninguna habilidad, pero ellos lo saben, si te han traído aquí es porque tienes algo que les interesa. Hace tiempo, un hombre con extrañas habilidades explotó en la pequeña ciudad fantasma de Craco, en Italia. No hubieron ni heridos, ni muertos. Pero dicen que la explosión se oyó a más de veinte kilómetros de distancia. Cuando los científicos llegaron al lugar de los hechos, solo pudieron encontrar las ropas del hombre. Años después un adolescente mataría y electrocutaría a todos sus compañeros de clase, profesor incluido, con una gran cantidad de voltios y energía eléctrica. El chaval fue capturado y se experimentó con él. Hasta tal punto que el adolescente moriría solo dos meses después de haber sido capturado. Aún así los científicos descubrieron algo realmente interesante, el chico tenía poderes. Por supuesto el caso fue secreto. Poco a poco más personas con habilidades han ido surgiendo, pero a la vez han desaparecido. Las traen aquí y aquí experimentan con ellas. En definitiva, te han traído aquí con el mismo motivo que a todos. Para experimentar contigo y si eres útil usarte. No sabría decirte cuanto tiempo permanecerás aquí.

    - Espera, espera. ¿Me estás diciendo que un grupo de científicos experimenta con gente, que se supone que tiene habilidades, hasta la muerte? – dijo John con incredulidad.

    - Así es. – afirmó Sigitas con una sonrisa.

    - ¿Y como puedes comprobar esa teoría? – volvió a preguntar John.

    - Quizá no te has dado cuenta, pero no estamos solos en esta habitación. Lo que pasa es que has estado muy centrado hablando conmigo, además tus sentidos siguen entumecidos. Mira hacia la derecha, hacia la puerta. – Sigitas indicó hacia una puerta con el dedo. Era una puerta acolchada, al igual que el resto de la habitación. No tenía ningún pomo, por lo que parecía que la puerta solo se podía abrir desde el exterior. De pronto un hombre en posición fetal apareció tumbado al lado de la puerta. Poco después volvió a desaparecer sin hacer ningún ruido.

    - ¿Pero que….

    - ¿Ves John? Hay gente con habilidades. Se llama Jurgius. Entró aquí hace siete años. Y su habilidad es hacerse invisible, bueno, esa era su habilidad, después de tantos años de experimentos, el pobre Jurgius no se puede mover, está siempre en esa posición apareciendo y desapareciendo. Solo espera una cosa, que la muerte llegue pronto, es un juguete roto, ya no sirve para nada a los científicos. – mientras Sigitas decía esto Jurgius había aparecido y desaparecido un par de veces. John estaba horrorizado. – Si, se que es horrible, pero no podemos hacer nada.

    - ¿Y tú poder? ¿Y el mío? Yo no tengo ningún poder. Esto es un error, yo no debería estar aquí. – John estaba enfadado, no podía creer que hubieran cometido tal atrocidad y mucho menos podía creer que a el lo confundieran y lo metieran en tal lugar sin motivo.

    - Si tienes poder, pero no lo has descubierto aún. Ellos son muy listos, saben quien tiene poderes y quien no, los encuentran y los capturan. Tú quizá no te hayas dado cuenta, pero ellos ya sabían de antemano que tú eres especial. Jamás se equivocan. Pronto te demostrarán que tú eres especial, como los demás que estamos aquí. – Sigitas no parecía afectado por la conversación, seguía sonriendo como la primera vez. Parecía como si hubiese tenido esa conversación cientos y cientos de veces.

    - Supongo que tendré que creerte, aunque permíteme que siga escéptico en cuanto al tema. – dijo John sin ningún reparo.

    El silencio pronto inundó la sala. Era un silencio bastante incomodo. John volvió a levantarse y comenzó a caminar sin saber muy bien que hacer. Tenía cientos de preguntas, pero no sabia por donde empezar. Se había dado cuenta que el muchacho tenía un número bordado en su camiseta y eso fue lo que decidió preguntar.

    - ¿Y ese número? – preguntó al fin John señalando el número bordado en la camiseta de Sigitas.

    - ¿Esto? Es sólo un indicador. Tú aún no tienes ninguno, pero ya te lo bordarán en tu camiseta. El número significa el tamaño de tu poder y esta numerado de cero a novecientos noventa y nueve. ¿Ves? Mi poder es de seiscientos sesenta y ocho. – Sigitas seguía sonriendo y parecía orgulloso del grado de su poder.

    - ¿Cuál es tu poder Sigitas?

    - Soy inteligente, pero no inteligente y ya está. Puedo leer y memorizar mil páginas en tan solo cinco segundos. No olvido nunca. Soy capaz de recordar las características, los números y los nombres de todas y cada una de las personas que han pasado por aquí. La verdad, no es tan divertido como lanzar electricidad, explotar o desaparecer, pero es útil. Ahora mismo puedo introducirme en tu cerebro y descubrir tus secretos, mi poder ha avanzado hasta esos puntos, lastima que no pueda controlar también a los humanos. – Sigitas se encogió de hombros.

    - Vaya, parece impresionante. – comentó John sin mucho aplomo.- ¿Y como averiguarán que poder tengo yo? – preguntó.

    - Bueno, es algo difícil de explicar. Cuando lo vean conveniente unos científicos vendrán aquí a por ti. Te recomiendo que no te resistas. Te harán una especie de examen y escáneres. Luego te inyectarán una droga para que tu poder despierte. Ya que no puedes liberar tu poder, ellos tienen que liberarlo por la fuerza. Te dolerá, no es fácil que tu cuerpo asimile los cambios al principio, pero no te preocupes a todos los que están aquí les ha pasado. Y que yo haya calculado, el riesgo de muerte solo es del cuarenta y cinco por cien. Al fin y al cabo, no es tanto, ¿verdad amigo? – Sigitas dio unos pequeños golpecitos en la espalda de John. – No te asustes, parece que han mejorado la droga, hace más de seis meses que no muere nadie después de las pruebas.

    - Has dicho que aquí hay otros. ¿Cómo lo sabes? ¿Se puede salir de esta sala? – John intentaba quitar la idea de que podía morir pronto de su cabeza.

    - ¡Claro que se puede salir! Pero no de manera libre. Cenamos y comemos todos juntos en un comedor. Y entrenamos las habilidades todos juntos también. Hay un lugar llamado el coliseo, aquellos que tienen habilidades de combate las ponen en práctica unos contra otros. Eso también es una buena manera de analizar para los científicos. Pero cuidado, al igual que hay gente tranquila, también hay gente muy violenta. Hay un tipo de Alemania, se llama Blaz, su número es novecientos uno, es un tío con muy malas pulgas.

    - ¿Por qué gente tan poderosa no escapa? – a John le parecía algo obvio de preguntar, aunque Sigitas soltó una carcajada como si preguntara una tontería.

    - Los científicos tienen su manera de neutralizarnos, hay un hombre llamado, Penrod, ese hombre tiene un coeficiente de poder de novecientos noventa y nueve, es la fuerza máxima. Trabaja para los científicos. Nunca he podido ver su poder ni su rostro, pero solo su número ya asusta. Además si conseguimos sobrepasar a Penrod, cada uno de nosotros lleva incrustado un pequeño artilugio dentro de la planta del pie derecho. Según he podido averiguar durante todos estos años, el dispositivo se activa si te alejas de aquí a más de cinco kilómetros de radio y si se activa todo tu sistema nervioso se apagará igual de rápido que una fogata en un día lluvioso. Y como se que lo estás pensando, yo te responderé. No nos podemos quitar el dispositivo, solo hay dos maneras de anularlo, o te mueres o lo desactivas, pero no he conseguido encontrar solución para ninguno de los dos casos. – Sigitas fue esta vez la única que no sonrió, parecía no hacerle gracia comprobar que habían cosas que el aún no sabía.

    Ambos se quedaron callados durante un buen tiempo, Sigitas se quedó reflexionando sobre el dispositivo que tenían implantados en el pie derecho, mientras que John, sentado de nuevo, estaba muy confuso, creyó que ya bastaba de preguntas, pensó que Sigitas no podría contestar a muchas más.

    En ese instante se abrió la puerta. Como había pensado John, la puerta se abría desde el exterior. Entraron dos hombres con trajes grises, eran exactamente iguales, altos, pelo negro, ojos oscuros, nada tenían que les distinguiera al uno del otro. Pensó que tenían pinta de mafiosos o empresarios, pero para nada de científicos. Se acercaron a él y lo levantaron de las axilas.

    - Vamos John – dijo uno de los hombres con voz cenicienta empujándole.

    - ¿Cómo que “vamos John”? ¿No me pensáis explicar que hago aquí? – dijo John furioso al mismo tiempo que se soltaba de los dos hombres que le cogían. Los dos hombres no hicieron ninguna expresión y se quedaron mirando fijamente al joven que les plantaba cara.

    - John, acompáñales, no estás en posición de resistirte, te lo aseguro. – dijo Sigitas. Esto asustó a John, porque por primera vez desde su encuentro, Sigitas tenia el semblante completamente serio.
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    Mensaje  Hisana el Mar Mar 24, 2009 11:33 pm

    "Lástima que no pueda controlar también a los humanos", "Y que yo haya calculado, el riesgo de muerte solo es del cuarenta y cinco por cien. Al fin y al cabo, no es tanto, ¿verdad amigo?"
    Qué majo es Sigitas! xDD

    Muy interesante! Creo que me voy a enganchar! >¬<
    No soy muy buena criticando y buscando fallos... pero creo que aparte de alguna palabrilla rara, no hay nada malo en tu escrito ^^

    Ánimo y sigue pronto!!! >¬<
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    Mensaje  Dreaming_Zell el Miér Mar 25, 2009 1:57 pm

    Me alegro que te guste, aquí dejo el segundo capítulo.

    Capítulo 2. Japón.



    Año 20XX de nuestra época.

    Japón ha cambiado mucho. Demasiado dirían algunos. Su población en el año 2009 era de unos ciento veintisiete millones de habitantes, actualmente, la población de Japón son sesenta y nueve millones de habitantes. Ha sido una bajada crítica. Después de la Gran Guerra, la gran mayoría de japoneses tuvo que mudarse a la capital, Tokio. La ciudad tenía en 2009 cerca de trece millones de habitantes, actualmente cuenta con sesenta y ocho millones. Con solo pensarlo da escalofríos. Sesenta y ocho millones de personas encerradas en la que actualmente es la ciudad más poblada del mundo. Las cosas ya no son como antaño. Tokio se ha convertido en una ciudad negra, oscura, tapada del Sol por la polución casi el 65 % del tiempo. Los crímenes han aumentado y por supuesto la policía cada vez es más corrupta, las mafias andan a sus anchas por toda la ciudad.

    Desde uno de los barrios especiales, Shibuya, hacia Shinjuku puede observarse una limusina negra. No es una limusina corriente, en la zona trasera no cuenta con maletero, si no con una pequeña plataforma que sostiene un jacuzzi entero. Este tipo de limusinas se han puesto de moda entre la gente rica de Tokio. En el jacuzzi se puede observar a dos personas, tomando champán completamente desnudas, un hombre y una mujer, la desnudez parcial o total no esta permitida en Tokio, pero los adinerados pueden permitirse pagarse las denuncias, es un capricho más, otra de las extrañas modas impuestas entre la gente rica. El hombre es joven, fuerte y musculoso, tiene el pelo corto, castaño y repeinado, sus rasgos son occidentales. En el ojo derecho tiene una cicatriz descendente que se hizo el mismo por pura estética. A su lado se encuentra su acompañante, una mujer de rasgos indios, piel morena, ojos negros, pelo bien recogido en un estrafalario moño oriental y negro como el carbón. Sus pechos, que sobresalen ligeramente del agua burbujeante, son turgentes. Hablan, pero no sonríen.

    - Parece ser que El Amo tiene una nueva pieza para su colección. Un americano. Aún no se sabe su habilidad. – dijo la mujer con rostro serio.

    - ¿Otro? ¿Qué verá El Amo en esa escoria? – dijo el hombre tajantemente.

    - Bueno, le parecen exóticos, ya lo sabes, el solo colecciona personas con extrañas habilidades. Sabes igual de bien que yo que desde la Gran Guerra este tipo de personas han ido saliendo como cucarachas de su escondite. – la mujer seguía hablando. – Pero no es por eso por lo que nos hemos reunido tú y yo hoy, ¿verdad?

    - No. Parece ser que se ha encontrado una nueva pista sobre el paradero del libro. Aunque bueno, siempre prefiero estar con una belleza como tú antes que beber en ese extraño bar con Moon, ese tío me pone de los nervios.

    - Yo también lo he escuchado, lo que dices sobre el libro quiero decir. Aunque parece ser que hemos dejado de ser alfiles para convertirnos en simples peones. Al parecer El Amo no ha escatimado en esfuerzos y la ha contratado. – dijo la mujer escrutando el rostro de su acompañante.

    - ¿A ella? Eso no es más que una burda leyenda. ¿Crees que ella existe? No hay ningún asesino tan poderoso, ni tan perfecto. Además, ¿crees que solo porque El Amo se lo haya dicho, La Voz va a aceptar trabajar para el? – dijo el hombre con una sonrisa temblorosa.

    - No solo eso, La Voz ya está aquí, en Tokio. No se ha hecho esperar y ha venido a la llamada de El Amo. A partir de ahora parece ser que estamos fuera de la búsqueda del libro compañero. – la mujer sorbió el champán que le restaba de la copa y volvió a llenársela.

    - ¿Convertirme en una simple ficha, a mí? Después de lo que he hecho por El Amo déjame que lo dude, una simple furcia no va a sustituirme. – el rostro del hombre se puso rojo de ira y como si de un acto reflejo se tratara lanzó su copa hacia un transeúnte que circulaba tranquilamente por la calle.

    De pronto, un ruido los sacó de su conversación. La sombra de una mujer se encontraba justo encima del techo de la limusina en la que viajaban.

    - Ya estoy aquí. – dijo la silueta.

    Un haz de luz seguido de una explosión inundó la calma y la paz de Shinjuku. La limusina acababa de estallar. La gente corría despavorida por la calle, se atropellaban unos a otros, acababa de formarse un caos terrible. Los pedazos del hombre caían como lluvia sobre la calle, mientras tanto, su atractiva acompañante rodaba por el suelo magullándose su desnudo cuerpo. La mujer se levantó y miró horrorizada hacia la silueta.

    - ¿Pero qué has hecho? ¡¡Has asesinado a Cormac!! ¡Te voy a matar! – la india estaba muy alterada, mientras que la mujer que había hecho estallar la limusina de aquella manera sonreía.

    - ¿En serio crees que alguien puede insultarme y quedar impune? Escúchame Kavita, yo soy La Voz y nadie tiene derecho a dudar de mi poder, mucho menos de llamarme furcia. Es un simple peón igual que tú. – dijo La Voz sin respeto alguno.

    - ¿Crees que El Amo permitirá esto? – Kavita estaba furiosa, tenía los ojos inyectados en sangre, su compañero acababa de morir ante sus ojos.

    - El Amo permitirá eso y mucho más. Me ha dado carta blanca en el asunto, como si quiero aniquilar a toda la organización, le da igual. Solo tengo un cometido y es encontrar el libro, si veo que alguien se pone por delante de mi no dudaré en apartarlo. – La Voz no dejaba de sonreír. Y le lanzó una pieza de ropa a Kavita – ahora vístete con esa ropa, tu desnudez me repugna.

    Kavita calló. No dijo nada. Estaba petrificada. La Voz era una mujer imponente, era alta y atlética. Vestía con una malla de color azul marino. Su pelo era plateado, completamente, incluso brillaba como la mismísima plata y sus ojos… sus ojos eran lo peor que Kavita había observado jamás. Eran unos ojos grandes y negros, profundos, tan terribles como hipnóticos, Kavita se sintió verdaderamente desnuda ante esos ojos, sintió frío aunque en el exterior, el termómetro marcaba treinta y siete grados, daba igual, estaba helada de frío. La mujer india se vistió y no dijo nada. La Voz dijo que tenía cosas urgentes que hacer y le ordenó que fuera al lugar donde se hospedaba y que a media noche se dirigiera hacia la gigantesca torre de Tokio.

    Mientras, ajeno a todo lo que ocurría en el distrito de Shinjuku, en un bar del viejo Roppongi se encontraba un hombre sentado en la barra. Su nombre era Moon. Su cabello lacio y negro caía hasta sus hombros por la parte derecha, mientras que por la izquierda estaba completamente rapado, sus ojos azules estaban rojos por el humo y el alcohol ingerido. Sus rasgos eran orientales, heredados de su madre, pero su padre era del este de Europa. Era alto y de complexión delgada y vestía con una camiseta blanca de manga corta y unos pantalones vaqueros negros. A Moon le encantaba pasar las noches emborrachándose en aquel viejo bar. El lugar tenía una iluminación tenue y oscura, estaba forrado desde el techo hasta el suelo, incluyendo paredes, por una capa de cuero. Los rumores decían que ese cuero era piel humana, a Moon le encantaba aquello, pero tenía del todo cierto que eso solo eran rumores. Se levantó tambaleándose y se dirigió dando tumbos hacia la puerta del bar que conectaba con un edificio de apartamentos. Después de tres intentos Moon introdujo la llave en la puerta de su apartamento. No solía encender las luces, pero algo le dijo que esta vez debía hacerlo. Sentado en un sillón se encontraba su compañero de equipo, Cormac. A Moon no le hacia mucha gracia ese hombre que despreciaba a todos aquellos que poseían habilidades, pero El Amo había dejado bien claro que debían dejar sus diferencias de lado y trabajar juntos por una causa común.

    - ¿Qué haces en mi casa a estas horas Cormac? – preguntó Moon extrañado de que el hombre hubiera invadido su intimidad.

    - Hay nuevas pistas sobre el paradero del libro, tenemos reunión. A medianoche en la torre de Tokio. – Cormac habló con una voz diferente a la suya, una voz muerta, sin melodía, monótona. Los ojos de Cormac eran unos pozos sin fondo, oscuros y a la vez terribles, era como si Cormac no fuera realmente él.

    - ¿Quién eres? – preguntó de nuevo Moon.- tú no eres Cormac.- dijo finalmente.

    - Te has dado cuenta muy rápido. Ya me habían hablado maravillas de ti agente Moon.- dijo de nuevo el hombre con la misma voz monótona.- soy un bunraku, seguro que sabes lo que es ¿verdad? – dijo intentando sonreír, aunque su sonrisa se convirtió en una mueca que hizo que a Moon se le pusieran los pelos del brazo de punta.

    - Sí, se que es un bunraku. Antes de la Gran Guerra se utilizaban en teatros como entretenimiento, también eran llamadas marionetas. ¿Quién eres?- volvió a preguntar de nuevo.

    - Algunos dicen que soy la asesina más perfecta del mundo, otros que no existo, que soy una mera leyenda, mi nombre es La Voz. – el bunraku de Cormac seguía hablando con ese tono muerto que a Moon no le gustaba. Entonces lo supo, ese hombre si que era Cormac, pero ya estaba muerto, alguien estaba utilizando su cuerpo. ¿Pudiera ser que de verdad fuera La Voz?

    Moon se quedó callado, no dijo nada, solo asintió con la cabeza.

    - Está bien, a medianoche estaré en la torre de Tokio, si así lo deseas. – Moon no se atrevía a contradecir las órdenes de alguien tan peligroso.

    - Así me gusta eres un chico dócil e inteligente. Sabes que no conviene plantarme cara. Allí te esperaré. – diciendo esto el cuerpo muerto de Cormac se lanzó por la ventana rompiéndola en pedazos, al llegar a tierra el cuerpo quedó destrozado e inmóvil, como una marioneta cuando dejas de tensar los hilos.
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    Mensaje  Hisana el Miér Mar 25, 2009 8:46 pm

    Interesante...
    Un nuevo misterio sale a escena... El libro... ¿Qué será...? *nervios, nervios*

    Una cosita...
    Si he entendido bien, la marioneta de Cormac que usa La Voz era el cadáver de éste... ¿no?
    Pero unos párrafos antes...
    Los pedazos del hombre caían como lluvia sobre la calle, mientras tanto, su atractiva acompañante rodaba por el suelo magullándose su desnudo cuerpo.
    @.@

    Ánimo y sigue pronto!!! >¬<
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    Mensaje  Dreaming_Zell el Miér Mar 25, 2009 8:52 pm

    Si bueno, eso es exactamente así, Cormac salta en pedazos y es utilizado como marioneta, más adelante se descubrirá porque este hecho es así, no es ningún error xD. Me alegra que te guste, seguire con la historia en cuanto el 3º capítulo esté confeccionado acabado ^^ .
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    Mensaje  deamar el Miér Mar 25, 2009 11:51 pm

    Me ha encantado, DZ, de verdad. Sabes ponerle intriga al asunto. Por lo que escribes, te recomiendo que leas el fic de Linati[qiu], EW Apocalypsis, seguramente te gustará.

    A ver si escribes más, ¡que estoy conj la intriga! Smile


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    Mensaje  Dreaming_Zell el Jue Mar 26, 2009 1:43 am

    Bueno, del tercer capítulo solo me quedaba arreglar la puntuación, siento deciros que el cuarto tardará, porque aún no está escrito. Aquí os dejo el tercero.

    Capítulo 3. Cuando piensas que tu vida es normal.



    Año 20XX de nuestra época.

    John salió pacíficamente de la habitación con los dos hombres que le acompañaban. Era la primera vez que observaba el polvoriento pasillo lleno de huellas, como si jamás lo hubiesen limpiado. Se dirigieron hacia el fondo el pasillo donde se encontraba un ascensor, John pudo observar que había más habitaciones como la suya, aunque por una extraña razón no pudo ver el interior de estas. Uno de los hombres pulsó el botón y el ascensor se abrió en un instante. El ascensor era un lugar espacioso, donde calculó John que cabrían unas siete personas. Estaba revestido con placas de acero decoradas con ornamentos florales dorados, en el ascensor no había ningún espejo. En la parte derecha había un panel con siete botones seis conducían a cada una de las plantas del edificio, mientras que el botón superior era de un color rojizo y tenia grabado en él una campanita, John supuso que sería la alarma. El hombre que se encontraba más cerca del panel pulsó el botón del segundo piso. John notó una sensación de vértigo y náuseas, antes de que pudiera contar hasta dos, las puertas volvían a abrirse para dar paso a una nueva estancia.

    El lugar estaba pavimentado con baldosas blancas y las paredes estaban coloreadas de un pulcro color lechoso. Antes de que John pudiese observar nada los hombres le empujaron hacia la primera puerta a la derecha que encontraron, allí entraron en una nueva estancia. En aquella habitación había un hombre vestido con una bata blanca, en cuanto apariencia física no había nada que le distinguiese a los otros dos, tenía el mismo color de pelo y ojos y prácticamente la misma estatura y complexión. En las paredes de la habitación estaban apoyadas tres estanterías con libros, objetos y demás cosas, mientras, en el centro había un sillón de cuero gris que contaba, en su reposabrazos con unos arneses de cuero, lo mismo ocurría para las piernas. En la pared izquierda de la habitación había una pantalla plana de ordenador para monitorear los avances del sujeto.

    Al entrar en esa habitación John notó como se le tensaban los músculos. Recordó entonces lo que le había comentado Sigitas sobre la probabilidad de muerte en aquel lugar, no lo había vuelto a pensar. Intentó darse la vuelta, pero los dos hombres lo cogían fuertemente de los brazos, John intentó forcejear, pero fue en vano.

    - John, te recomiendo que te portes bien. – dijo el hombre que iba con bata de médico. – al fin y al cabo el resultado va a ser exactamente el mismo, solo que tu eliges, puedes elegir que te hagamos la prueba pacíficamente y después volver a tu habitación o volver después con varios huesos rotos, como ya he dicho, es tu elección John.

    John decidió que lo mejor en esa situación era no oponer resistencia o podría salir mal parado. Los dos hombres lo colocaron sentado sobre el sillón y pusieron los arneses alrededor de sus brazos y piernas.

    - Bien John, hemos comenzado de una manera brusca, pero no me gusta ser tosco con los pacientes, así que te explicare el procedimiento. Mi nombre es Truman, soy el doctor Truman.- comentó el doctor mientras cogía un aguja con un liquido verde de la estantería.- ahora te voy a inyectar esta sustancia, es un potenciador para tus habilidades, te ayudará a desarrollarlas. – Truman preparaba la aguja a conciencia. A John jamás le habían gustado las agujas, siempre había deseado hacerse un tatuaje, pero por miedo a esos objetos punzantes jamás se lo había hecho.

    Los dos hombres cogieron a John de la cabeza y ladearon su cuello. El doctor introdujo la aguja en el cuello del sujeto. John notó como el líquido se introducía en su cuerpo y lo invadía rápidamente mezclándose con su propia sangre. Los efectos no se hicieron esperar, primero un frío terrible invadió su cuerpo, seguido de sudores, era como si la temperatura de la habitación estuviera ascendiendo y descendiendo treinta grados constantemente. De pronto un estallido de dolor inundó su cuerpo, era como si le estuvieran clavando miles de agujas en cada centímetro de su cuerpo, John comenzó a gritar y a forcejear, pero pronto se dio cuenta que estaba bien atado a ese sillón. Entonces llegó lo peor, comenzó a tener convulsiones, su pecho se movía de manera espasmódica. Fue en ese momento cuando comenzó a recordar.

    Año 20XX de nuestra época. Antes de la Gran Guerra.

    La familia de John llevaba muchas generaciones habitando en aquella modesta casa de Chicago. Su padre era el gerente de una pequeña tienda de souvenirs que había heredado. La verdad es que el negocio familiar no era muy favorecedor y no otorgaba muchos beneficios. La madre de John murió de cáncer cuando el pequeño tenía solo tres años de edad, desde entonces vivía solo con su padre y sus abuelos. Hacía días que su padre le había llevado la noticia. Su padre sería un héroe, o eso dijo, pues había sido reclutado para ir a la guerra. John se acercó aquel día a su padre llorando.

    - ¿Por qué te tienes que ir? – dijo John lloroso.

    - Hijo, es mi deber, como padre y como ciudadano. Vamos a defender este país. Vamos Johnny – le dijo con cariño.- no llores.

    - Pero, ¿por qué tienes que ir tú? – volvió a preguntar el pequeño.

    - No espero que lo entiendas Johnny, quizá algún día lo hagas. Llega un día que crees que tu vida es normal y el siguiente te das cuenta, que todo aquello por lo que has vivido desaparece ante tus ojos. No podemos hacer nada contra el destino Johnny. Prométeme que serás fuerte, has de cuidar de los abuelos.

    El pequeño John no volvió a ver a su padre. Un día llego un oficial indicando que la guerra había terminado, pero que tristemente su padre había perecido. Aún así John no dejó de lado su promesa. Cuidó de la casa y de la familia. Pese al disgusto de sus abuelos vendió el negocio familiar y se introdujo en una empresa informática. Pronto le ascendieron y luego más tarde pasó a ser gerente de ventas. Allí fue donde la conoció…

    Ella… ¿Qué estaría haciendo en ese momento? Evelyn. La conoció en el trabajo, aunque ella no trabajaba en la misma empresa. No era una mujer físicamente llamativa. Era bajita y sus pechos no eran muy desarrollados. Aún así John amaba su manera de sonreír y de ser. Le encantaba, como ellos decían entre sonrisas, compartir orgasmos con ella. ¿Estaría preocupada? John ya no sabía cuanto tiempo llevaba fuera de casa.

    Año 20XX de nuestra época, era actual.

    ¿Por qué le habían asaltado todos esos pensamientos justo en ese momento? Desde que había entrado ahí no había pensado en Evelyn, ni en nada que tuviera que ver con su vida, estaba seguro que todo era un malentendido, no había pensado en otra cosa. Pero ahora, creyendo que iba a morir, fue cuando le asaltaron esos recuerdos. Entonces todo paró, las convulsiones, los dolores, todo. John se vio de nuevo en la habitación, con los tres hombres, estaba sudado, pero estaba tranquilo. Vio que el médico se acercaba a la pantalla. Truman comenzó a tocar la pantalla, era una pantalla táctil, de repente su rostro se ensombreció y se lleno de asombro.

    - ¿Qué ocurre doctor? – dijo uno de los hombres que habían aparecido la primera vez.

    - No comprendo… esto no puede ser. – Truman parecía bastante alarmado.- tiene que ser un error.

    - ¿Nos hemos confundido doctor? ¿Puede ser que esta sea la primera vez en años que cogemos a un sujeto sin ninguna habilidad? – preguntó el otro hombre.

    - No es eso. Si tiene poder, la sustancia lo ha detectado al llegar al cerebro. Nuestro sujeto tiene poderes psíquicos. Supongo que ahora no podrá hacer otra cosa que mover vasos, monedas y demás cosas pequeñas, pero con un poder así desarrollado podría llegar a ser extremadamente útil. – el doctor hizo un parón para tragar saliva.- pero lo que me alarma es la cifra de poder. Según el ordenador la cifra es incalculable.

    - ¿Qué quiere decir? ¿Qué su poder es cero? ¿Qué no tiene nada?

    - No es eso, si su poder fuera cero la máquina lo habría dicho, esto solo quiere decir que tiene un poder gigante, incalculable, como ya he dicho. Aunque ahora sus poderes estén adormecidos o no estén desarrollados podría llegar a ser una amenaza para toda la organización. Avisad rápidamente al Amo, el dirá que hacer. – tras decir esto los dos hombres llevaron de nuevo a John a su habitación con Sigitas y luego se dirigieron rápidamente a la sala de comunicaciones.

    John se encontraba en su habitación realmente confuso, no sabía que acababa de ocurrir. Estaba mareado y mientras Sigitas lo miraba con su sonrisa perpetua.

    - ¿Y bien John? ¿Ves como no tenías de que preocuparte? ¿Qué ha ocurrido? – preguntó Sigitas ansioso.

    John miró al hombre que aparecía y desaparecía un momento. Un escalofrío recorrió su espalda. Tenía la boca pastosa y pegó un trago del agua que el doctor le había dado.

    - No lo sé Sigitas. Me pusieron la droga esa tal como me dijiste. Ah, todo me da vueltas. La cuestión es que después de tener convulsiones todo paró. El doctor dijo algo, creo que no escuché muy bien por la sensación extraña que tenía en ese momento. Creo que dijo que yo tengo una habilidad psíquica o algo así. – comentó John apoyando su cabeza en la mano, le comenzaba a doler.

    - ¿Y bien? ¿Por qué no llevas ningún número? Ya sabía que eras especial, solo conozco a una persona que regresó de aquella sala sin número de poder. Aunque no se muy bien que pasó con ella. Desapareció sin más. Normalmente cuando alguien muere nos enteramos, pero nunca tuve noticias de esa mujer después de su desaparición. – comentó Sigitas.

    - No lo sé, no sé porque no llevo número. Dijeron algo así como que mi poder no se podía calcular. – dijo John, el dolor de cabeza cada vez era mas fuerte.

    - Lo suponía. Aquella mujer dijo exactamente lo mismo, nunca más vinieron los hombres a por ella. Y cuando vinieron definitivamente, ella desapareció, supuse que había muerto, por lo que no le dí importancia- Sigitas sonreía como si la muerte de alguien no le pareciese algo terrible.

    - ¿No le diste importancia? ¿Si yo muriera tampoco se la darías? – preguntó John algo molesto.

    - Supongo que no, siento mi falta de sensibilidad. Pero creo que ya es la costumbre.

    - Dijiste que había un lugar llamado el coliseo, ¿no es así? ¿no me comentaste que había un lugar donde podíamos entrenar nuestras habilidades, Sigitas? – preguntó John.

    - Si, lo dije pero… - Sigitas se vio interrumpido. En cuanto John escuchó la afirmación no dejó que siguiera hablando. Se levantó y comenzó a aporrear al cristal.

    - ¿Hola? ¿Me oye alguien? ¡Quiero ir al coliseo! ¡Quiero enfrentarme a Blaz! – dijo John gritando.

    - ¿Estás loco? Si te coge te matará. De todas maneras, si vas a pelear contra el, quiero ver el combate, que sepas que apostaré contra ti, no veo posibilidad que ganes. – dijo Sigitas divertido.

    La puerta se abrió de nuevo. Uno de los hombres grises volvió a entrar.

    - Has decretado tu deseo de pelear contra Blaz. Está bien, sígueme, tu combate comenzará enseguida. Blaz acepta el combate. – Dijo el hombre.- Por cierto Sigitas, si quieres ver el combate puedes hacerlo, se ha declarado que sea un combate por abierto, los científicos arden en deseos por ver morir a nuestro valiente.- de pronto el hombre comenzó a reír como un loco.
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    Mensaje  deamar el Jue Mar 26, 2009 5:23 pm

    Esto empieza a recordarme terriblemente a Deadman Wonderland. Pero mola, ¡así que voy a estar al caso del siguiente capítulo aunque tarde!


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    Mensaje  Hisana el Jue Mar 26, 2009 8:37 pm

    Será que la gente con habilidades de cifra incalculable abunda tanto las setas después de un día de lluvia... o me parece a mí que a los científicos esos no les interesa mucho sus sujetos de experimento...
    Combate a muerte!!! Aunque no creo que mates al protagonista tan rápido (si es que John es el protagonista) xD

    Ánimo y sigue pronto!!! >¬<
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    Mensaje  Dreaming_Zell el Mar Mar 31, 2009 12:01 am

    Bueno, aquí va el cuarto capítulo que me ha llevado tres dias. Espero que os guste y que sigais con las criticas ^^.

    Capítulo 4. Nuevos planes.



    Año 20XX de nuestra época.

    Los tres salieron al pasillo. El hombre cogía del brazo a John, mientras que Sigitas caminaba libremente detrás de ellos. Entonces, antes de haber caminado cinco metros, John golpeó fuertemente a la parte trasera de la rodilla del hombre derribándolo, después le atizó un fuerte puntapié en la cabeza dejándolo inconsciente. John no era un chico inofensivo como Sigitas había pensado. Durante su relación con Evelyn se había visto obligado a acudir periódicamente a clases de Savate, conocido también como kick boxing francés. Evelyn creía que era una buena manera de pasar más tiempo juntos, además de poder aprender así técnicas para la defensa propia.

    - ¿Pero qué haces? ¿Estás loco o qué? – exclamo Sigitas perplejo.

    - No estoy loco, no aguanto más en este lugar. Siento meterte en esto Sigitas, pero vamos a salir de aquí. – dijo John seriamente.

    - No te preocupes por mi John, me alegra tu decisión – Sigitas sonreía como siempre. – siempre he tenido ganas de conocer el mundo exterior y bueno, ahora es una buena oportunidad. ¿Y bien? ¿qué hacemos?

    - Sígueme. – ordenó John.

    Ambos se dirigieron hacia el ascensor. John llamó y en menos de un segundo el ascensor se abría ante sus ojos. John apretó el botón que llevaba al segundo piso tal y como había visto hacer a uno de los agentes grises. Volvió a experimentar esa sensación de nausea y de mareo y pronto la puerta se abrió ante sus ojos volviéndole a mostrar aquel pasillo de un color blanco impoluto. Salieron del ascensor, no sin antes percatarse que el pasillo se encontraba vacío. John se dirigió a la primera puerta a la derecha, donde anteriormente le habían llevado los dos agentes. Allí volvía a encontrarse aquel científico. Parecía como si no hubiese salido de la sala desde que John la abandonó.

    - Menuda sorpresa John, no imaginaba que tendrías este arroje de valentía. – dijo el científico un tanto sorprendido.

    - Pues ya ves, algunos no somos tan predecibles o sumisos como parecemos. – John se dirigió al hombre sin mediar ninguna palabra más. El científico intentó defenderse, pero John exhibió una gran agilidad y esquivó el puñetazo que iba dirigido hacia su cara. Cogió al hombre por el brazo y se lo retorció, inmovilizándolo. Lo sentó en el sillón y junto con la ayuda de Sigitas lo retuvieron con los arneses de cuero.

    - ¿Sabes John? Por mucho que hagas no vas a conseguir ninguna palabra de mí. He sido entrenado para resistirme a la tortura. – dijo el hombre con autosuficiencia.

    - ¿Quién ha hablado de tortura? Supongo que como científico de este lugar sabrás perfectamente que poderes tiene mi amigo Sigitas. – esta vez quien sonreía era John, y su sonrisa inquietó al científico.- Sigitas, si no me equivoco me comentaste que podías leer la mente de la gente, que tu poder había avanzado hasta ese punto, ¿no es así?

    - Si. Creo que ya se por donde vas amigo. – Sigitas soltó una risotada, era la primera vez que estaba disfrutando tanto de una situación.

    - Bien. Quiero que te introduzcas en la mente de este científico. El tendría que saber como podemos librarnos del chip que tenemos implantado. Además, tenemos que obtener algo de información de ese tal Penrod. – después de decir esto Sigitas se acercó al científico y le puso la mano derecha en la frente.

    John era la primera vez que veía algo parecido. Sigitas había colocado su mano justo en la frente del hombre. Pronto, un brillo de tono verdoso surgió alrededor de la mano de Sigitas. Mientras, este último se encontraba con los ojos cerrados aunque John pudo advertir que bajo sus párpados los ojos se movían a una velocidad pasmosa, como si se encontrara en la fase REM del sueño. De todas maneras John estaba inquieto, no sabía cuanto tiempo podía pasar sin que descubrieran que no iba a suceder ningún combate y que los dos prisioneros habían huido dejando atrás a un guardia inconsciente. Pasaron unos minutos hasta que Sigitas abrió los ojos de nuevo, el joven sonreía igual que siempre.

    - Bien, ya está. El dispositivo que tenemos incrustado, a parte de tener un detector de lejanía también tiene un controlador. Como pensé si el chip se extrae de la planta del pie sin ser desactivado nuestro sistema nervioso dejará de funcionar. Para poder desactivarlo con éxito deberíamos introducirnos dentro del sistema informático de la organización. Ahí se controla el funcionamiento de los dispositivos y por tanto, se pueden anular. Parece algo más difícil de lo que realmente es. Todo lo que necesito es conectarme a la red de ordenadores del edificio. – dijo Sigitas finalizando su explicación.

    - Esa pantalla de la pared es como un ordenador táctil, lo vi utilizar a este científico cuando me inyectaron la droga. Aunque no se hasta donde llega la conexión de este ordenador. Parece que su única función es determinar el poder de los sujetos.- comentó John.

    Sin hacerle mucho caso Sigitas se dirigió a la pantalla que se encontraba en la pared de la habitación. Sus dedos se movían de una manera increíble. Aunque John miraba atentamente y con los ojos abiertos como platos no era capaz de leer nada de lo que ponía en la pantalla debido a la velocidad que su compañero la manejaba. De pronto el ordenador se detuvo, la pantalla se dividió en dos por la mitad. En la parte izquierda se encontraba la ficha de John, mientras que en la derecha la de Sigitas. En ambas partes había una barra de cargado que indicaba el avance del proceso que se estaba llevando a cabo. En poco menos de un minuto el proceso terminó.

    - Bien, si no ha salido mal ya tendríamos que poder quitarnos los chips. Ahora voy a buscar algo de información de ese tal Penrod. Te recomiendo que no te quites el dispositivo aún, como comprenderás tendrías que herirte el pie y ahora mismo no podemos permitirnos cojear.- tras decir esto Sigitas comenzó la búsqueda de la ficha de Penrod. Después de encontrarla volvió a dirigirse a John. Este observó que aunque estaba llena con infinidad de datos no había ninguna foto que acompañara la ficha.- Bien, ya la he leído. Parece ser que nuestro amigo tiene una habilidad para controlar el aire. Su poder es bastante abrumador, puede crear pequeñas brisas, pero también crear grandes vientos afilados como cuchillos. La verdad es que aunque esto parece terrible hay algo más. Como Penrod puede controlar el aire puede arrebatarte el oxígeno de tu alrededor, lo que quiere decir que te quedarías sin aire y morirías lenta y agónicamente. Por cierto, otro problema añadido es que no sabemos que aspecto tiene, por lo que no podemos ir atacando por ahí a agentes indiscriminadamente, ya que podríamos encontrarnos con el.- dicho esto, John asintió.

    John se dirigía hacia la puerta, pero observó como Sigitas se detenía de nuevo ante la pantalla táctil buscando más información. De pronto vio como en la pantalla salía una especie de mapa del lugar donde se encontraban.

    - Bien. Este es el mapa de la zona. Al parecer la única salida del edificio se encuentra en el primer piso. No es muy esperanzador, ya que sí han descubierto que estamos huyendo seguro que habrán apostado agentes en la puerta. En el caso de que consigamos salir tendremos ante nosotros la colina de las cruces. El pueblo más cercano, Siauliai está a unos trece kilómetros, al suroeste de aquí, lo que quiere decir que tendremos que pegarnos una larga carrera.- Sigitas parecía ir incrementando su disfrute tras cada descubrimiento y aún parecía disfrutar más explicándoselo a John.

    - Perfecto, entonces no tenemos mucho tiempo hasta que descubran que estamos intentando huir, a no ser que lo hayan descubierto ya. Por cierto, ¿por qué este tío no se despierta?- preguntó John.

    - Ah, no te preocupes por él. Tardará en despertar, es un efecto secundario. Cuando despierte, si hemos logrado escapar, ya estaremos lejos de aquí.- John asintió con la cabeza sin decir nada y se dirigió hacia la puerta para observar si había agentes merodeando.

    El pasillo estaba igual de vacío que siempre. Silencioso e imponente. John le hizo un gesto con la mano a Sigitas para que le siguiera. Ambos salieron sin hacer mucho ruido y directos hacia el ascensor. Esta vez, cuando John pulsó el botón, el ascensor no acudió a la llamada.

    - Parece ser que han bloqueado los ascensores. Esto no me gusta, tendremos que buscar unas escaleras.- Sigitas se había adelantado y mientras John hablaba ya había encontrado una puerta que les dirigía hacia unas escaleras.

    De nuevo el lugar estaba completamente pintado de blanco, las escaleras también eran de este blanco cegador, por ello, John tuvo que entrecerrar los ojos, pues realmente el brillo de aquel lugar era molesto.

    Ambos descendieron por las escaleras y abrieron la puerta que conducía al primer piso. Los dos compañeros se quedaron sorprendidos con lo que vieron. Era una gran estancia, al igual que todos los demás lugares, completamente blanca. La iluminación era bastante tenue. El lugar se encontraba decorado por muchas estatuas de extraños animales, parecían hechas de algún material del mismo color que el bronce, aunque John no acertó a saber que tipo de material era. No había nadie, la sala estaba vacía al igual que el pasillo del segundo piso. Parecía como si el edificio entero estuviera eternamente vacío. Sin decir nada ambos fueron a hurtadillas por detrás de las estatuas. No querían ponerse en un punto donde si alguien les veía, fueran alcanzados fácilmente por alguna bala. Justo cuando estaban al lado de la última estatua notaron que el portón de acero se abría automáticamente. Algo rozó a los dos compañeros. A la estatua más cercana a ellos se le cayó la cabeza como si una cuchilla extremadamente afilada le hubiera pasado por la parte que la unía al torso.

    - Mierda, ¡corre!- gritó John. Ya era demasiado tarde. Penrod les cortaba el paso.
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    Mensaje  Hisana el Mar Mar 31, 2009 10:42 pm

    Huida!!! >¬<
    Lo que decía yo, qué majo es Sigitas! xDD
    Aunque todavía no han salido del edificio y ya se han topado de lleno con Penrod...

    Es cosa mía o todo ocurre demasiado rápido en comparación con los capítulos anteriores...? xD

    Ánimo y sigue pronto!!! >¬<
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    Mensaje  deamar el Miér Abr 01, 2009 11:23 pm

    Perdona de nuevo por la comparación pero... no sé porqué Sigitas me recuerda a You de Deadman Wonderland, y eso que no se parecen nada. En cuanto al capi, genial. Me lo estoy pasando bomba con tu fic y Sigitas me cae bien a mí también (al igual que a Hisana).

    Esperamos más prontito Smile


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    Mensaje  Dreaming_Zell el Jue Abr 02, 2009 11:08 am

    Gracias a todos por opinar, aqui os dejo el quinto capitulo ^^

    Capítulo 5. Traición.


    Año 20XX de nuestra época.

    Ambos compañeros se encontraban delante de la puerta. Ante ellos el Sol cegador se colaba al interior del edificio. Un hombre les cortaba el paso. Tenía un aspecto serio y rudo, John jamás había visto a nadie tan imponente. Penrod medía cerca de dos metros y su cuerpo se notaba bien definido y musculoso, pese a que se encontraba debajo de un traje similar al de los agentes de gris. Su piel era morena, de un tono caoba, estaba completamente rapado y tenía una perilla de chivo en su barbilla. Sus ojos eran pequeños y negros, tan negros que era prácticamente imposible adivinar donde comenzaba la pupila y donde acababa el iris. Sus labios dibujaban una mueca extraña de seguridad y sonrisa. Ese hecho hizo que a John se le pusieran los pelos como escarpias. Mientras, Sigitas, miraba al hombre sin decir nada, de manera seria, John observó la mirada de su compañero, jamás lo había visto así.

    Penrod puso una de sus manos en la frente de John. Este de pronto notó una gran fuerza y percibió que sus pies se levantaban irremediablemente del suelo. El vuelo fue detenido por una de las estatuas color bronce que decoraban la estancia. Su cabeza se golpeó contra dicho adorno. Le dolía terriblemente, se puso la mano en la parte posterior del cráneo y notó una sustancia espesa y caliente que le fluía de manera descendente hacia la espalda. Se miró la mano y sus peores temores se hicieron realidad, estaba sangrando. Pero averiguó que eso no era lo peor, notaba un ligero hormigueo en las piernas, como si le fuesen a fallar. Su vista se nubló y le costaba mantener los ojos abiertos. Miró por última vez a las dos figuras que se encontraban frente a él.

    - Gracias Sigitas.- dijo Penrod con el semblante serio.

    Año 20XX de nuestra época. Tokio, Japón.

    Moon subía las escaleras de metal que conducían a la parte superior de la torre de Tokio. No era una buena noche. Pese a que el verano era caluroso, aquella noche arreciaba con fuerza un frío y gélido viento. Moon lo había previsto. Se había puesto una ceñida malla térmica de color azul marino que marcaba claramente cada detalle de su definido cuerpo. Después de varios minutos subiendo al fin alcanzó la cima de la torre. Era una plataforma gigantesca, semejaba una especie de helipuerto colocado ahí sin motivo aparente. En el centro del lugar se encontraba Kavita, ella iba vestida similar a su colega, llevaba una fina malla térmica de color granate, no hizo ningún tipo de saludo cuando vio a Moon, únicamente le miraba. La situación entre ambos siempre había sido agradable, eran grandes compañeros de equipo y cuando ambos necesitaban desahogarse siempre tenían el cuerpo del otro para hacerlo. Ambos quedaron en silencio, escuchando el fuerte viento que hacia que sus largos cabellos se movieran grácilmente. Pronto unas campanadas inundaron el lugar, se oían a lo lejos. Marcaban la llegada de la medianoche y el inicio de un nuevo día.

    - Se retrasa.- Kavita parecía algo tensa. Moon únicamente se limitó a asentir con la cabeza.

    Los minutos comenzaron a pasar, los dos agentes estaban inquietos. A pesar de que eran dos personas especializadas, tranquilas y con sangre fría, la situación les ponía tensos. No siempre uno tenía una reunión con La Voz. Siguieron esperando. Moon parecía mas tranquilo que Kavita. El hombre miraba al vacío, lo observaba de manera silenciosa. Eran trescientos treinta y dos metros de caída libre, pensó que si alguien caía desde esa altura moriría antes de tocar suelo. Por otra parte, Kavita estaba más intranquila. No sabía hacia donde mirar y aunque llevaba aquella malla térmica, notaba el frío. Extrañamente sudaba a la vez. No tenía ganas de ver a aquella mujer de pelo plateado y ojos vacíos, era lo último que tenía ganas de ver. No había podido hacer nada ante ellos la última vez que los vio. No se los podía quitar de la cabeza.

    Un ruido alertó a ambos acompañantes. El ruido no venia de las escaleras, si no del vacío. Ambos se asomaron, pero no encontraron nada, únicamente vieron la caída libre que anteriormente había estado observando Moon. Notaron como la temperatura bajaba drásticamente. Esta vez Moon también sentía el frío. Se percataron que detrás de ellos había una presencia. Pero incluso así, sin mirar, sentían como el miedo se apoderaba de sus cuerpos. Se sentían como un niño cuando baja al sótano de su casa. Una sensación de terror se apoderó de sus cuerpos y aunque no querían mirar, tuvieron que hacerlo, notaron como si sus cuerpos se vieran obligados a girarse. Ante ellos vieron a aquella mujer. Su pelo era como una luz en la oscuridad, aquel color plata era hipnotizador. Sus ojos eran de un bonito color azul, un azul como el mar. Kavita no recordaba aquellos ojos, esos no eran los ojos de aquella asesina. Tenía una fina sonrisa, preciosa y encantadora, aunque a la vez terrible. Era como si aquella mujer tuviera dos caras. Iba vestida con un traje de ejecutiva, su camisa iba abierta hasta la altura del pecho y llevaba una corbata negra anudada al cuello, aunque no le ejercía presión, la corbata estaba medio suelta.

    - ¿Por qué estáis tan asustados chicos? – dijo con una voz gélida a la vez que sonreía.

    - Te has retrasado – Moon estaba intentando hacer acopio de valor ante aquella imponente mujer.

    - Ya bueno, tuve que arreglar unos pequeños asuntos que me han llevado más de lo esperado. Bien, os explicaré un poco como están las cosas, mis pequeños conejitos. – no le gustaban aquellos dos agentes que le había encomendado el Amo. Eran jóvenes y muy asustadizos. Eso le ponía nerviosa. Aunque le gustaba él. Le encantaba sentir que los hombres se sentían intimidados ante ella. – Bien, hemos descubierto a través de nuestro centro en Siauliai que hay un hombre de poder incalculable. Sería muy peligroso que descubriera nuestro propósito. Y mucho más si sus poderes desarrollaran. Por ahora es débil, pero no debemos fiarnos.

    - ¿Y bien? ¿Sobre el libro?- se atrevió a aventurarse Kavita. La verdad es que no le interesaba mucho ninguno de los sujetos del centro. A ella solo le interesaba el libro.

    - No vayas tan deprisa mi querida amiga, te podrías caer y realmente, no te gustaría caer desde más de trescientos metros de altura, ¿verdad?- La Voz sonreía de manera cruel.- Creo que os interesa el libro más que otra cosa, así que no os haré esperar. Creemos que el libro podría encontrarse en México. Aunque no tenemos una información concreta hemos podido descubrir que se podría encontrar cerca de la zona de Chichén Itzá, ya sabéis, la gran pirámide. El Amo nos ha dado otra misión diferente, no soy partidaria pero por ahora aceptaremos sus condiciones. Debemos ir a Chicago y encontrar a una mujer. Esa es nuestra prioridad. Su nombre es Evelyn, y creemos que podría estar relacionada amorosamente con el hombre que os comenté antes. Mientras, otro grupo irá a las ruinas de Chichén Itzá para comenzar la búsqueda. Una vez encontremos a la mujer y nos deshagamos de ella tendremos vía libre para hacer lo que queramos.

    - ¿Qué tienen que ver esa mujer y este hombre en esto? – preguntó dubitativo Moon.

    - Al parecer el hombre ha desaparecido, y en caso de que no esté muerto creemos que su destino es volver con la tal Evelyn. El problema que tenemos es que seguramente buscaran sobre nuestra organización y si encuentran algo corremos serio peligro de que todo se desmorone. Por eso nuestra prioridad es deshacernos de ella. Sin ella estará solo, no podrá hacer nada, se sentirá ofuscado. Con un poco de suerte para él, quizá se pegue un tiro en la cabeza. Si no, yo me encargaré personalmente. Deseará no haber nacido. – La Voz seguía sonriendo de manera cruel, parecía divertirle mucho aquella situación. De pronto un helicóptero llegó al lugar. El aparato aterrizó de manera costosa en la plataforma de la torre debido a los fuertes vientos.- ya está aquí.- dijo La Voz.

    - ¿Quién está aquí? – preguntó de nuevo Moon.

    - Nuestro transporte. Iremos con este helicóptero hasta la llanura de Dogo. Allí nos espera un avión privado de la compañía que nos llevará directamente a nuestro destino. Chicago.

    Tras decir esto se encaminaron hacia el helicóptero. Moon y Kavita subieron por delante de La Voz. Cuando subió ambos observaron el cambio. Sus ojos habían cambiado. El color azul mar había desaparecido. En su lugar había una horrible profundidad, un pozo negro que les helaba la sangre. En aquellos ojos se podían observar todas las muertes que había llegado a causar esa mujer. Aunque sabía que le observaban con pavor, La Voz no dijo nada. Se limitó a sonreír, poco a poco esa sonrisa se convirtió en una mueca terrible. Aquel rostro que tenían frente a ellos no parecía humano, más bien parecía el rostro de los miles y miles de muertos, que La Voz había dejado a su paso en toda su vida. La torre se hizo cada vez más pequeña bajo el helicóptero. Ya habían despegado.
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    Re: No se aún que título ponerle

    Mensaje  deamar el Jue Abr 02, 2009 3:12 pm

    Pobre Evelyn, me gustaría que se salvara. Se ha hablado poco de ella pero ya me gusta, supongo que será el nombre. Y... La Voz parece bipolar, ¡qué cambio! Tengo ganas de ver cómo sigue esto, lo has dejado muy interesante, especialmente el tema de Penrod y Sigitas.

    Siga usted así, DZ Smile


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    Re: No se aún que título ponerle

    Mensaje  Hisana el Jue Abr 02, 2009 10:21 pm

    A juzgar por la conversación entre La Voz y los otros dos personajes... John ha logrado escapar! xD
    Entonces, el título de "Traición" es por Penrod a la organización (por llamarlo de alguna forma)!?
    O sí es por Sigitas y La Voz quien se trae algo entre manos...

    Ánimo y sigue pronto!!! >¬<
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    Re: No se aún que título ponerle

    Mensaje  Dreaming_Zell el Sáb Abr 04, 2009 9:12 pm

    Gracias por las criticas, aqui os dejo el sexto capitulo a ver que os parece ^^

    Capítulo 6. Exterior.


    Año 20XX de nuestra época.

    Pese a que era verano, aquel año en Lituania había sido bastante atípico. Las temperaturas eran más bajas de lo normal. Aquella tarde arreciaba un fuerte y gélido viento. La ciudad de Siauliai de 160.075 habitantes estaba completamente nevada. En las afueras de la ciudad se alzaba una pequeña cabaña de madera, como si todos los años de progreso y construcción hubieran pasado en vano para ella. John despertó encima de una cama dentro de aquella cabaña. Se levantó y notó el fuerte dolor de cabeza. Palpó suavemente la zona dolorida y comprobó que se encontraba vendada. Una fina venda le cubría la parte superior del cráneo. La habitación únicamente contenía la cama donde el estaba recostado y una pequeña estantería con libros. A su lado tenía una ventana. John, dolorido, miró por ella, no sabía donde estaba, pero comprobó con alivio que aquella estancia de madera no se encontraba dentro del extraño edificio. Fuera parecía hacer un frío terrible, pero dentro había una temperatura agradable.

    Los recuerdos fueron invadiendo lentamente su cabeza. Recordó haber iniciado una huida con Sigitas… aquel que le había traicionado vendiéndolo a Penrod. Aunque no sabía como había llegado hasta allí, recordaba claramente como el hombre moreno y de traje gris le daba las gracias a Sigitas. La puerta de la estancia se abrió lentamente. Allí apareció una chica joven. Era de piel morena. Su cabello, negro y rizado, caía hasta sus hombros cubiertos parcialmente. Tenía unos ojos negros y grandes que miraban a John con gran bondad. Iba vestida con un vestido fino, largo y rojo que acababa en sus rodillas.

    - Al fin despiertas John. Estaba realmente asustada, pero me alegro que te encuentres bien.- dijo la joven con una amplia sonrisa.- Mi nombre es Suzanne.

    - ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí?- esas dos preguntas se estaban empezando a convertir en algo bastante habitual.

    - Bueno, estás en Siauliai, la cuarta ciudad más grande de Lituania. Se considera la capital del norte del país.- tras decir esto la puerta se abrió, Sigitas entro por ella. Sigitas sonrió como siempre. Iba vestido con una camiseta de algodón negra y unos piratas blancos. Llevaba también sandalias.

    - Que ale…- Sigitas comenzó a hablar, pero antes de acabar la oración John se había levantado y le había propinado un fuerte golpe en la mandíbula. Sigitas cayó hacia atrás. Un hilillo de sangre le caía del labio. Pero entonces, Suzanne le pidió que parara. Dejó de golpear y paró haciendo caso a la petición de aquella chica. Mientras, Sigitas sonreía como siempre y se levantaba limpiándose aquel rastró de sangre.- posiblemente lo merecía.

    - John, Sigitas fue quien te trajo aquí. Te cargó en sus hombros y recorrió los trece kilómetros desde la torre hasta aquí, contigo a cuestas.- la chica hizo hincapié en esta cuestión, pues sabía que apaciguaría a John.

    - Pero yo le vi- dijo John.- Yo vi como me traicionaba.

    - No John, Sigitas te trajo aquí. Escapasteis con la ayuda de mi hermano, Penrod.- estás palabras confundieron más aún al muchacho. En ese momento la puerta se volvió a abrir. Penrod entraba por ella, su rostro era completamente diferente al que John vio en el edificio. Penrod tenía una expresión amigable. Iba vestido completamente diferente a como le recordaba, iba con una camiseta amarilla y unos pantalones vaqueros. Acompañado de unas zapatillas deportivas de tela vaquera negra.

    - ¿Alguien me llamaba? Vaya, veo que estás despierto. Siento haberte golpeado tan fuerte la otra vez.- dijo sonriendo.

    - No entiendo nada.- John estaba cada vez más extrañado.

    - Verás yo te explicare John.- dijo la muchacha.- Penrod entró en el edificio a los nueve años. A los quince su poder ya era de novecientos noventa y nueve y pasó a formar parte de la organización. El problema fue cuando vio que a mi también me metían allí dentro. Sabía lo que hacían con la gente y no pudo soportar que a su hermanita le ocurriera lo mismo. Así que me sacó de allí alegando que yo había muerto. Nadie vio mi cuerpo, pero gracias a años de leal servicio le creyeron, por mucho que yo fuera su hermana. Llevo viviendo aquí desde entonces. Penrod se dio cuenta, entonces, que aquella organización no tenía nada bueno. Gracias a mensajes escondidos, que solo Sigitas podía reconocer, ambos contactaron. Sigitas se unió a nuestra causa, queríamos hacer desaparecer todo aquello. Cuando encontramos a la primera persona de poder incalculable, le ayudamos a escapar. ¿La recuerdas Sigitas?

    - Como olvidar aquel cabello plateado…- dijo el muchacho.

    - La cuestión es que aquella mujer desapareció un día, no hemos vuelto a saber de ella. Desde aquel momento buscamos a una segunda persona que tuviera también aquel nivel de poder. Entonces apareciste tú. Sigitas consiguió contactar con Penrod gracias al ordenador que utilizó para desactivar vuestros chips. Penrod actuó de manera violenta solo por aparentar, si hubiera dependido de él jamás hubieras sufrido ningún daño.- concluyó la chica.

    - Entonces, ¿queréis que os ayude a destruir la organización?- preguntó John.

    - Así es. Tú tienes el poder para hacerlo. Solo tienes que desarrollarlo. Y yo te ayudaré en esa cuestión.- dijo Penrod.

    - Si no es mucha indiscreción. ¿Esto es una especie de grupo de resistencia? ¡Pero si somos cuatro!- dijo John incrédulo.

    - No solo somos cuatro. Estoy segura que cualquier persona que saliera de aquel edificio nos ayudaría. Eso sí, por ahora si que somos solo nosotros. Te explicaré como nos organizamos más o menos. Sigitas era nuestro contacto dentro de las celdas. Como ya sabrás tiene un poder muy útil, además es capaz de recordar todas las caras, números y poderes de la gente con la que se encuentra. Eso nos ayudó a poder rastrear el lugar hasta encontrarte a ti. Penrod era el contacto en el interior y el líder del grupo. Como te dijo Sigitas controla el viento hasta puntos extremos. Su poder es el más grande que yo he sido capaz de observar hasta la fecha.- la chica parecía de verdad orgullosa de su hermano.- y bien, yo me encargaba del contacto exterior. Mi poder es que puedo cambiar la temperatura de cualquier cosa, de frío a calor. No hagas como Sigitas, no pienses que puedo tirar llamas por la boca o lanzar témpanos de hielo. Solo puedo cambiar temperaturas, aunque es bastante útil. Puedo hacer que tu cuerpo suba de temperatura y se colapse o que te congeles. Hemos calculado que mas o menos mi capacidad de poder es de setecientos treinta y ocho. Y bueno, en definitiva, tú eres el eslabón más fuerte del grupo. Es cierto que ahora mismo no podrías vencer a ninguno de nosotros en un combate a muerte. Pero poco a poco desarrollaras tu cuerpo y tu poder, no te preocupes por ello, John.- concluyó Suzanne. John no supo por qué, pero en aquel momento le vino a la mente Evelyn. Al igual que sentado en aquel sillón, la imagen de ella le vino de repente a la cabeza.

    - Perdonad chicos. Siento cortar esta conversación. Pero me gustaría hacer una llamada, hay alguien que podría estar realmente preocupada por mi. ¿Alguno tiene un intercomunicador?- preguntó John.

    Era increíble como con el paso de los años los intercomunicadores habían ido sustituyendo a los teléfonos móviles. El aparato constaba de un pequeño objeto al que iban enganchados unos auriculares. Constaba de una pantalla donde podías marcar el nombre de la persona a la que deseabas llamar y con solo pensar en ella la conexión se establecía. En la pantalla del receptor aparecía el nombre de la persona que te llamaba. Aquello no era como los inútiles y antiguos móviles que a veces no sabías quién te llamaba o tenías que memorizar números. Allí todo funcionaba gracias a las ondas de la mente. Penrod le dio su intercomunicador a John, quién se puso los auriculares, escribió el nombre de Evelyn en la pantalla y pensó en ella. De manera rápida, al otro lado del charco, en una casa individual en Chicago un intercomunicador se iluminaba con el nombre de John.

    - ¿Diga?- dijo una voz femenina al otro lado.

    - ¿Evelyn? Soy yo, John, siento haber estado tanto tiempo ausente.- John no sabía exactamente como abordar aquel tema.

    - ¿John? Menos mal que estas vivo. Temía por ti mi vida. ¿Dónde estás?- John no veía necesario responder con una mentira a aquella pregunta.

    - Siauliai, Lituania.- antes de oír cualquier contestación comenzaron a escucharse ruidos de fondo, pronto la voz de Evelyn fue cambiada por un maremágnum de ruidos sin sentido.- ¿Evelyn? ¿Evelyn?- preguntó John preocupado.

    - La tenemos nosotros.- dijo una voz muerta al otro lado del intercomunicador. La conexión se corto.

    John seguía teniendo el aparato en las manos. Ya no oía nada, la conexión se había cortado hacía apenas unos segundos. Temía realmente por la vida de Evelyn. Penrod, Sigitas y Suzanne divisaron la preocupación en sus ojos. Su piel se había emblanquecido solo de la impresión. Y su rostro reflejaba auténtico pavor.
    - ¿Qué ha ocurrido?- preguntó Suzanne.

    - La tienen. Tenemos que ir. Tenemos que volar a Chicago.- musitó John lentamente.
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    Mensaje  Hisana el Sáb Abr 04, 2009 10:24 pm

    Así que La Voz era la otra persona de poder incalculable...
    ¿Estará realmente en el bando de los malos...? De ser así, ¿por qué no delató a Sigitas y Penrod...?
    Se ve que este personaje se trae algo entre manos...

    Me ha parecido muy curioso lo de los intercomnicadores, pero... y la gente famosa...? xD

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    Mensaje  deamar el Lun Abr 06, 2009 3:21 pm

    Esto de los intercomunicadores es curioso, me gusta xD

    Vaya, se desvela quién es la otra persona de poder inclaculable (o se intuye). Me pregunto si La Voz realmente está con la organización o actúa así por algún motivo en especial. ¿Qué pasará ahora?

    Esto se pone interesante.


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    Mensaje  Dreaming_Zell el Lun Abr 20, 2009 1:09 pm

    Perdonad el retraso, cosa de las Pascuas xD.

    Capítulo 7: Viaje.


    Año 20XX de nuestra época.

    A 7 kilómetros al sur de Siauliai y con dos pistas de más de 3500 metros de longitud, se encuentra el aeropuerto de Siauliai. Un lugar que fue una de las mayores bases aéreas soviéticas de la zona. El aeropuerto está formado por dos partes bastante distinguidas, una parte llamada Base Aérea de Siauliai es completamente militar, mientras que la otra parte, llamada Aeropuerto Civil de Siauliai es para uso cotidiano. La zona civil no suele tener servicios para pasajeros, ya que es usado más que nada por aviación privada, es un aeropuerto demasiado pequeño para ser usado por las compañías de carga o de transporte. En esa misma zona, la civil, un avión privado despega destino a Chicago con cuatro tripulantes y un piloto.

    - ¿Cómo hemos conseguido algo así? – preguntó John.

    - Bueno, después de mis años en la compañía tengo suficiente dinero como para que nos podamos permitir un lujo como este. – explicó Penrod.

    El avión pronto se levanto en el aire y despego hacia su destino. Sigitas estaba inquieto, todo era nuevo para el, así que miraba atentamente por las ventanas sin perder ningún detalle. Suzanne estaba a su lado, tranquila y con los ojos cerrados, sabía que iba a ser un largo viaje y más aún cuando estás al lado de una persona que se comporta como un niño porque todo eso es completamente desconocido. Asientos más atrás se encontraban John y Penrod. El primero se encontraba muy nervioso, no podía dejar de pensar en todo lo que había sucedido. Todo había ido tan rápido, tan incontrolable. No podía dejar de pensar en Evelyn y deseaba que todo fuera bien. Por su parte, Penrod lo miraba con semblante serio. Sabía que tenían delante al rival más peligroso de todos, la compañía.

    - Escucha John. Se que esto es demasiado reciente para ti. Pero has de empezar a entrenar tu poder, si no lo haces quizá lleguemos tarde. Chicago, con la velocidad que puede alcanzar este avión, aún está a unas ocho horas, tiempo suficiente para que puedas aprender algunas cosas.- le dijo Penrod.

    - Pero no se que tengo que hacer. No he usado jamás mis poderes y mucho menos de forma voluntaria, ¿cómo los voy a hacer manifestarse?- preguntó.

    - Bueno, no es fácil de explicar ya que no tenemos el mismo poder. Pero te pondré un ejemplo que quizá te ayude. Mira esta lata.- dijo mientras ponía una lata sobre la mesita que tenían delante.- Has de intentar moverla, pero no tienes que pensar que la tienes que intentar mover, si no que la puedes mover, tienes que sentir como la coges, como la empujas, tienes, sobretodo, que concentrarte.

    - Así explicado no parece tan fácil.- se quejó John.

    - Es más fácil de lo que parece, créeme.- Penrod se levantó y dejó solo a John con la lata y sus pensamientos.

    John se quedó absorto mirando la lata. No sabía exactamente por donde empezar. Tenía que pensar que cogía y empujaba la lata sin hacerlo realmente, solo con el pensamiento, sin alargar las manos ni utilizarlas. Le parecía realmente imposible, le parecía algo que solamente se podía realizar en sueños o fantasías, aún así, después de todo lo que había visto, era raro que algo le pareciese ya fantástico o increíble. Miró la lata. Se concentró en ella de nuevo. No podía, su cabeza estaba llena de otros pensamientos. Evelyn. Sólo pensaba en ella. No tenía otra cosa en la cabeza que Evelyn. Por mucho que intentara concentrarse en la lata, en que aquello era lo más importante y que no podía hacer nada para que el avión fuera más rápido, era imposible, no podía moverla porque el pensamiento de que Evelyn estaba en verdadero peligro era más fuerte que cualquier otra cosa. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Se sentía realmente impotente. ¿Por qué yo? Se preguntaba todo el rato.

    - ¿Por qué son elegidos los elegidos?- John levantó la cabeza y vio a Sigitas delante de él.

    - ¿Cómo?- preguntó.

    - Perdona, te he visto mal y solo quería ayudarte. Así que me introduje en tu mente para saber lo que pensabas.- Sigitas sonreía como siempre.

    - ¿Y por qué no me quedo inconsciente como aquel científico?- preguntó John.

    - ¡Ah! Son cosas diferentes.- musitó.- Yo lo que le hice a aquel científico fue robarle recuerdos, sus recuerdos sobre todo lo que tenía en la cabeza de cómo salir y desactivar el chip pasaron de su cerebro al mío. Sin embargo, lo que he hecho ahora contigo ha sido leer tu mente. Hay mucha diferencia de coger un libro a compartirlo.

    - ¿Quieres decir que ese hombre ya no recordara por qué está allí?- volvió a preguntar.

    - No solo eso, no recordara tampoco que estuvimos allí.- la sonrisa de Sigitas se ensanchó mas que de costumbre.- no te preocupes si ahora no puedes desarrollar tu poder, John. Podrás, yo lo he visto. Tu cabeza es diferente a la de otros. Si… como la de aquella mujer de cabellos plateados. Son cerebros diferentes los vuestros. Tu poder se desatará. Pero ahora, creo que más que practicar necesitas descansar, John. Han sido demasiadas cosas en muy poco tiempo, debes intentar dormir.- tras decir esto, Sigitas volvió a su asiento al lado de Suzanne.

    John tiró el asiento hacia detrás. Opinaba que Sigitas tenía razón. Debía descansar. Le habían ocurrido muchas cosas en muy poco tiempo. No había tenido tiempo de asimilarlo todo y le parecía que la cabeza le iba a estallar. Se durmió, pero no descansó. Todo lo que vio en sus sueños le perseguía o atemorizaba. No había ningún sueño agradable, nada que le pudiera hacer ningún bien. Todo era terrorífico, quería despertar, sabía que estaba soñando, pero por una extraña razón no pudo hacerlo. Entonces la vio, era la silueta de una mujer, parecía una mujer muy bella, pero por más que se acercara solamente veía una silueta, nada más, ni conocía su cara ni las características de su cuerpo.

    - Hola John, me siento encantada de volver a hablar contigo.- dijo la silueta.

    - ¿Quién eres?- preguntó el muchacho.

    - Eso no importa mi querido John. No importa quién soy.- su voz era fría y distante, sin ninguna dejadez de vida en ella. Era monótona, como la de algún aparato electrónico.

    - ¿Qué quieres de mi?- John no veía ninguna amenaza en esa silueta, pero este era el sueño más terrible de todos, pero no podía huir. Estaba atado. Impotente. No podía despertar y temía que eso fuera a suceder eternamente.

    - Sufrimiento, dolor. Te quiero ver llorar John, te quiero ver sufrir. Voy a jugar contigo y no podrás hacer nada por evitarlo. Desearás estar muerto, enloquecerás. Creo que será divertido.

    John se quedó paralizado. Quieto, sin saber que decir. Todo estaba en silencio. A John no le gustaba el silencio. No se escuchaba nada, incluso intentó hablar. Pero nada salió de su boca. No escuchaba ningún ruido. El silencio absoluto. Estaba en silencio en frente de aquella silueta. Si, a La Voz le encanta el silencio.

    De repente una fuerte sacudida le sacó de aquel terrible lugar. John abrió los ojos y observó que sus tres compañeros le miraban con cara extrañada. Se notó sudado, empapado. No dijo nada. Observó por la ventanilla del avión y vio que ya sobrevolaban Chicago. Ya estaban llegando. Le habían parecido más de ocho horas de viaje. Aquel sueño se le hizo eterno.

    - ¿Qué ha pasado?, ¿estás bien?- le preguntó Suzanne.

    - Si, solo he tenido una pesadilla.- de repente algo le vino a la cabeza. De la nada, el no sabía por qué.- La Voz. A La Voz le encanta el silencio.

    - ¿Qué?- preguntaron los tres al unísono.

    - No sé. Me ha venido a la cabeza de repente. No se por qué. En fin seguro que es una tontería.- pero aunque creía que era una tontería John no se lo podía quitar de la cabeza.

    Todos se sentaron y se pusieron el cinturón. El avión iba a aterrizar. Aunque los sistemas de aterrizaje habían mejorado mucho, aún era obligatorio ponerte el cinturón de seguridad. Los cuatro compañeros bajaron del transporte con el que habían cruzado el océano Atlántico. El aeropuerto internacional Chicago-O’Hare no tenía nada que ver con el aeropuerto de Siauliai. Era gigantesco. Conocido como uno de los más grandes de los Estados Unidos, contaba con un total de siete pistas. Las mayores de ellas con un total de 3.962 metros cada una recubiertas de asfalto y hormigón. El lugar se encuentra a un total de 32.2 kilómetros al noroeste del centro neurálgico de Chicago y sigue siendo, hoy en día, uno de los más activos del mundo.

    Los cuatro se dirigieron al exterior, donde pronto pudieron coger un taxi para dirigirse hacia la casa de John. La casa estaba en el 6226 de la avenida Warwick. Era una casa de dos plantas. Hecha con madera natural y con un amplio jardín delante. Para poder acceder a la puerta principal había que ascender una pequeña escalera. John sacó las llaves. Estaba nervioso y sudando. Tenía miedo de lo que podía esconderse dentro del lugar. Sus tres compañeros decidieron esperarle fuera. John abrió la puerta y entró en la casa donde tantos buenos momentos había pasado con Evelyn. Cerró la puerta tras de sí.
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    Mensaje  Hisana el Miér Abr 22, 2009 9:05 pm

    Avión privado...
    Qué bien pagan los malos... no como la mayoría de los héroes de la justicia que tienen que trabajar gratis xDD

    Oh! Lo que ha visto John en sueños será parte del poder de La Voz?
    Comunicarse en sueños... mola! >¬<

    Ánimo y sigue pronto!!! >¬<
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    Mensaje  deamar el Vie Abr 24, 2009 11:42 am

    Mooooooola. Me encanta como estás llevando esto, DZ. Sí señor, sigue así.
    Lo de los sueños me ha encantado pero el final así tan... abierto es genial, nos dejas con la intriga más absoluta sobre qué va a encontrarse ahí dentro aunque nosotras ya lo imaginemos. ¿Habrá algún giro sorprendente en la historia?


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    Mensaje  Dreaming_Zell el Mar Mayo 05, 2009 3:01 pm

    Bueno, aqui os dejo con el capítulo 8, espero que os guste.

    Capítulo 8: Encuentro.


    Año 20XX de nuestra época.

    John entró en la casa cerrando la puerta a su paso. Ante el tenía un pasillo corto de parqué con las paredes pintadas en blanco y algún cuadro colgado. Al final del pasillo había una pequeña escalera compuesta por tres escalones que llevaba al salón. Bajó las escaleras y observó. Todo estaba como el recordaba. No había signos de que allí dentro hubiera habido una pelea o un encuentro desafortunado. Todo estaba en orden. La estancia que servía a John y Evelyn como comedor o cuarto de estar. Tenía las paredes pintadas de blanco. En la cara más cercana al pasillo estaban las máscaras venecianas que tanto le gustaban a Evelyn, desde su primer viaje a Venecia había decidido coleccionarlas. En la parte de enfrente estaba la televisión encarada hacia dos sofás grises. En el centro había una pequeña mesita de cristal donde muchas veces cenaban. En la parte derecha a la televisión había una pequeña estantería con pequeños objetos de decoración y algunos libros. Mientras que en la parte izquierda había un gran ventanal de cristal que se podía correr para pasar a un pequeño jardincito.

    Sentada en uno de los sofás estaba Evelyn. Tenía un libro entre las manos, por lo que John no podía verle la cara. Notó que hacía frío, pero sin embargo, con lo friolera que era Evelyn, ella iba con una camiseta de tirantes sin mangas de color morado claro.

    - Hola Evelyn, soy yo, John.- musitó. Evelyn no contesto, sólo se contentó con bajar el libro y mirarle.

    - No tienes ni idea de cuanto he sufrido por ti.- dijo Evelyn. Por fin, la chica sonrió y mostró a John esa mirada que tanto le enamoraba. El pelo largo, rizado y negro le caía sobre los hombros. Evelyn se levantó de un salto y le abrazó.

    - Estás helada.- observó John. Era como si estuviera abrazando a un témpano de hielo.

    - He pasado tanto miedo.- Evelyn no hizo caso a la observación. Comenzó a temblar y John comprendió que estaba llorando.

    La apartó suavemente de sus brazos. Evelyn estaba con la cabeza gacha, John no podía ver sus ojos, pero por sus mejillas corrían lágrimas. Entonces le levantó la cara apoyando el dedo índice en su barbilla. Sus ojos habían cambiado. Siempre habían sido negros, pero normalmente cuando Evelyn lloraba se tornaban de un color verdoso, sin embargo esta vez fue diferente. Sus pupilas estaban dilatadas y el iris del ojo era tan negro que se podía confundir con ellas, eran unos tremendos pozos de dolor y angustia. John retrocedió ante esos ojos y enmudeció. Evelyn lo miraba con semblante serio, por un momento todo quedó en silencio, a John no le gustaba el silencio.

    - ¿Por qué no me besas John?- preguntó Evelyn con esa voz que John ya había escuchado un par de veces.

    - ¿Quién eres?

    - Soy yo, Evelyn, ¿no me reconoces?- dijo con la misma voz.- vamos, bésame.

    - Tu no eres Evelyn, lo sé.- John dio un par de pasos atrás mientras aquella desconocida se le acercaba.

    - Venga, bésame.- cada vez su voz era más monótona y más muerta. John estaba atemorizado. La cara de aquella persona era terriblemente parecida a la de Evelyn, pero sus ojos no eran los mismos, y aquella sonrisa… jamás había visto algo tan terrible. La muchacha se abalanzó sobre John, pero este volvió a apartarse.

    Tras cada intento en el que aquella figura intentaba cercarle con sus brazos y besarle, John daba un paso atrás. Al fin, chocó contra la pared que tenía detrás. Estaba acorralado. Tenía un dolor muy profundo en el pecho, sabía que no iba nada bien, que aquella no era Evelyn. ¿Dónde estaría la verdadera Evelyn? Por fin la muchacha envolvió el cuello de John con sus brazos y se acercó para besarle. Su aliento olía bien, a menta, como el de Evelyn, pero en el fondo había otro olor, un olor oculto, olía a muerte, a desesperación, a dolor, era un olor nauseabundo y repugnante.

    - ¡Basta!- grito John. No sabía que había ocurrido pero aquella persona que intentaba parecerse a Evelyn salió lanzada contra el ventanal de cristal rompiéndolo y cayendo de bruces contra la fresca hierba.

    - Eres poderoso, tienes poder John, pero no podrás con La Voz- aquel nombre le sonaba. Era aquello que había dicho después de despertar de aquella terrible pesadilla. “A La Voz le encanta el silencio”.

    - ¿La Voz? ¿Así es como te llamas?- preguntó John.

    - Eso ya no importa.- la voz de aquella persona había cambiado, era de nuevo la voz de Evelyn. Sus ojos volvían a ser los mismos y la sonrisa era aquella que a John tanto le gustaba.- tú me has matado.

    Dicho esto el cuerpo de Evelyn quedó vacío y como si de un títere al que le cortas las cuerdas se tratará se desplomó en el suelo. No volvió a levantarse. No volvió a respirar. Allí estaba el cuerpo de Evelyn, tirado en el suelo, sin vida. Un pequeño hilillo de sangre caía de su frente, posiblemente sería de un corte producido por el choque contra el cristal del ventanal.

    John se acercó tembloroso al cuerpo. No podía ser. Aquel no podía ser el verdadero cuerpo de Evelyn. Se agachó y comprobó que realmente ni respiraba ni había pulso. Le limpió la sangre de la frente mientras sus lágrimas caían sobre el cuerpo sin vida. Temblaba, tenía miedo, estaba destrozado. Aquella figura tenia razón. El la había matado. Si no hubiese tenido aquellos poderes. Si no hubiese escapado con Sigitas. Si hubiera llegado antes. Pero no lo había hecho y por eso ahora Evelyn estaba tirada sobre sus brazos, muerta, sin respirar. La belleza había vuelto a su rostro, John pensó que jamás había estado tan bella. Le besó en los labios y la llevó hacia el sofá donde la recostó. Se dirigió hacia la puerta llorando, le daba igual si lo veían destrozado, ya le daba igual todo. Abrió la puerta y vio a sus tres compañeros esperándole en las escaleras. John no dijo nada, se dirigió corriendo hacia donde estaba Sigitas y lo abrazó fuertemente, descargando todo su pesar y su dolor, llorando. Penrod y Suzanne entraron dentro de la casa. Ambos salieron un minuto más tarde y no dijeron nada. Sigitas estaba con John, había dejado de abrazarle, pero no estaba calmado.

    - Ha muerto.- dijo John con voz temblorosa y con la respiración agitada.

    - Pagarán por ello John, créeme.- intentó consolarle Penrod.

    - Ya no sé si quiero que paguen. Ya no se si quiero seguir con todo esto. Debería pegarme un tiro y olvidarlo todo.

    - Es normal que estés destrozado amigo, pero nos tienes a nosotros y nosotros te vamos a ayudar a acabar con todos.- dijo Sigitas intentando contagiarle su sonrisa a John.

    - Ahora deberíamos darle un entierro digno.- terminó Suzanne.

    El deseo de Evelyn siempre había sido ser incinerada y tirada al mar. A la mañana siguiente los cuatro se dirigieron al mar con la hornacina llena de las cenizas de Evelyn. Ninguno de los tres la conocía, solo John, pero por respeto a su amigo y por paliar su dolor decidieron acompañarle. John, con los ojos enrojecidos por tanto llorar la noche anterior y no pegar ojo, destapó la urna y la lanzó al viento que pronto se llevo las cenizas mar adentro. Cayó de rodillas sobre la fina arena. No podía evitarlo. Volvió a llorar, tenía un profundo dolor en su pecho y por mucho que llorara en vez de disminuirlo parecía que lo aumentaba.

    - Pude usar mi poder.- comentó entre lágrimas.- Penrod, enséñame.

    - Haré lo que pueda amigo.- le dijo firmemente.

    - Mañana Sigitas y yo nos dirigiremos a Washington, tendréis tiempo de sobra para entrenar.- dijo Suzanne.

    - ¿Washington? Pero eso está a más de mil kilómetros.- exclamó John.

    - Lo sabemos, a once horas en coche. Pero debemos ir. Allí hay alguien que quizá nos ayude a encontrar a los asesinos de Evelyn.- comentó Suzanne.

    - ¿Cómo lo sabéis?- preguntó John.

    - Recuerda que yo trabajé para ellos. He tenido mucho tiempo para ojear expedientes y demás.- le explicó Penrod.

    John asintió con la cabeza y se levantó. Ya no lloraba. Se secó las lágrimas que tenía en la mejilla. Quizá el día anterior estaba con demasiado dolor como para querer nada. Pero esta vez si quería algo. Iba a buscar a La Voz y la iba a matar con sus propias manos.
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    Mensaje  deamar el Miér Mayo 06, 2009 2:32 pm

    Muy buen capítulo, al fin muestra sus poderes. A ver si llega a controlarlos pronto y van a por La Voz Smile


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    Mensaje  Hisana el Miér Mayo 06, 2009 3:20 pm

    Encuentro con La Voz... la forma en la que usa a los cadáveres como títeres será parte de su poder...?
    Pobre Evelyn...

    Ánimo y sigue pronto!!! >¬<
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    Mensaje  Dreaming_Zell el Mar Mayo 19, 2009 8:53 pm

    Capítulo 9. Las piezas se están moviendo.


    Año 20XX de nuestra época. Playa Loyola leona, Chicago. 10 a.m.

    La playa Loyola leona es una de las más grandes de Chicago. Es una de las únicas playas en el mundo que no ha sufrido cambios efectuados por la mano del hombre desde que toda la costa fue destruida por un gigantesco Tsunami. Muchos son los bañistas que se dejan ver por allí, la textura de la arena es inigualable. Años antes del Tsunami, la playa era conocida por ofrecer obras de teatro a niños y adultos y porque también era un gran reclamo para los amantes de deportes como el béisbol y baloncesto, ya que tenía canchas especiales para poder jugar.

    Penrod y John decidieron que aquel lugar sería el mejor para poder entrenar. Aquel día de entre semana no habría nadie que quisiera acercarse a la playa, además aún no había llegado la temporada alta para que miles de turistas visitaran la ciudad y se dejaran caer sobre sus maravillosos parajes. Ambos iban vestidos con pantalones cortos, John llevaba una camiseta de manga corta roja y unos pantalones de corte pirata negros, iba descalzo y notaba como la arena se colaba entre los dedos de sus pies. Mientras Penrod llevaba una camiseta amarilla con unos pantalones verdes, también iba descalzo.

    - John, se que estas pasando por un momento difícil y quizá el entrenamiento debería ser mas flojo, pero creo que tenemos escaso tiempo. Te tendría que enseñar poco a poco, pero la verdad es que hemos de ir rápido, por lo que nos enfrentaremos en una pelea hasta que digas basta.- le explicó Penrod.

    - Está bien, comprendo la situación y lucharé con todas mis fuerzas para poder desarrollar mi poder.- asintió John.

    Estaban uno frente al otro, el Sol estaba alzándose en la mañana y corría una suave brisa, lo que proporcionaba un clima bastante agradable. John estaba concentrado, quería notar el poder que había expulsado cuando le atacó aquella aberración. Sabía que estaba muy tocado moralmente y que debía concentrarse al máximo para que el entrenamiento surtiera un mínimo de efecto.

    Penrod alzó su mano dispuesto a ser el primero en atacar. John había pensado que una de las primeras cosas que debía hacer sería concentrarse para desviar los ataques de su enemigo, así que estaba plantado delante de él. Alzó su mano también intentando concentrar la máxima energía posible en ese punto. De pronto, notó como una fuerza invisible lo empujaba hacia atrás y voló un par de metros hasta caer sobre la esponjosa arena. Le había pillado de improvisto ese golpe y no había podido reaccionar a tiempo. Penrod se lanzó corriendo contra él, mientras se levantaba. Lanzó un fuerte puñetazo, pero John consiguió detenerlo con una gran demostración de reflejos y le retorció el brazo tal y como había aprendido en sus clases de Savate. Penrod, debido a la fuerza que imprimía su rival se vio forzado a anclar una rodilla en el suelo, pero mientras un brazo era retorcido, llevó el otro hacia el pecho de John y de nuevo, una fuerza invisible, lo empujo un par de metros por el aire.

    - Tienes recursos John, veo que cuerpo a cuerpo no eres una persona débil y sabes defenderte, pero has de comprender que si no desarrollas tus poderes, no podrás hacer nada contra alguien como yo.- le dijo Penrod con tono serio mientras John volvía a levantarse.

    Penrod volvió a levantar el brazo y John esta vez se quedo impasible.

    - Esta vez lograré pararlo.- se dijo a si mismo.

    De nuevo una fuerza invisible salió del brazo de su rival y antes de que impactara contra él, con gran esfuerzo consiguió levantar un pequeño y fino muro de arena. La onda de aire lo atravesó sin muchos problemas y lo golpeó, pero al perder fuerza esta vez, John, no cayó a tierra.

    - Buena estrategia. Has intentado crear un pequeño muro para protegerte y en cierta medida has frenado mi golpe, has pensado bien intentando levantar partículas que ofrezcan menos resistencia que las ondas que yo emito, pero prepárate, esto solo ha hecho que empezar.- sonrió Penrod.

    Año 20XX de nuestra época. Carretera interestatal Chicago-Washington. 18 p.m.

    Sigitas y Suzanne llevaban ocho horas en el coche de John y ninguno de ellos había abierto la boca. Si iban a ese ritmo aún les quedaban tres horas para poder llegar a Washington. Era un viaje tranquilo y Sigitas admiraba el paisaje por el que pasaban, admiraba como los detalles se iban sucediendo uno detrás del otro e intentaba averiguar todos los cambios notables.

    - Llevamos ocho horas en el coche y aún no has abierto la boca. ¿No piensas decir nada Sigitas?- le preguntó Suzanne.

    - Jamás digo nada que no tenga que decir.- le contestó con una sonrisa Sigitas.- Solo estoy cavilando.

    - ¿Y en qué piensas si puedo saber?- volvió a preguntar con interés.

    - ¿Quieres que te conteste sinceramente o quieres que te conteste lo que tú quieres oír? Recuerda que me puedo meter en tu mente y saber lo que quieres escuchar.- volvió a contestar con una sonrisa aún más amplia.

    - No te metas en mi cabeza Sigitas. Solo quiero saber lo que opinas sinceramente de todo esto.- le dijo Suzanne.

    - Creo que nos estamos metiendo en un buen lío. Es cierto que quiero lo mismo que todos y por supuesto quiero ayudar a John, pero creo que nos estamos metiendo en un gran peligro. Vistos los poderes que tiene esa mujer, creo saber de quien estamos hablando, por supuesto, no te daré mi opinión hasta que lo sepa todo al cien por cien. Si es lo que yo pienso, tenemos muy pocas posibilidades de salir ilesos. Por otra parte, pienso que tú y yo nos estamos dirigiendo hacia una muerte segura.- le comentó Sigitas sin dejar de sonreír.

    - ¿Hacía una muerte segura? ¿Qué te hace pensar esto?- Suzanne estaba realmente intrigada por los pensamientos de Sigitas.

    - Esta bien claro que nuestro enemigo es inteligente. Hay que pensar que nuestro enemigo no solo es La Voz, como generalizamos, si no también la compañía, lo que nos lleva a un mal punto. Si la compañía intuye una mínima parte de lo que estamos haciendo ahora, estoy seguro que habrán puesto vigilancia sobre Begegnung y eso no es nada bueno, si nos encontramos con hombres de la compañía tu y yo no tenemos poderes suficientemente fuertes como para enfrentarnos a ellos. Pero bueno, todo se verá.- dijo Sigitas sonriendo.

    Después de que Sigitas dijera esas palabras, todo se volvió a quedar en el más absoluto silencio, ninguno de los dos volvió a decir nada hasta llegar a Washington.

    Año 20XX de nuestra época. Templo de las siete muñecas, Dzibilchaltún (México). 22 p.m.

    El templo de las siete muñecas se alza justo en Dzibilchaltún, en la península de Yucatán, México. Es un lugar arqueológico de origen maya que ha aguantado en pie durante miles de años.

    Como solía ser normal, aquella noche arreciaba una fría brisa. Fuera del templo había doce cuerpos muertos de hombres armados en el suelo. Dentro, sin embargo, había tres figuras alrededor de una luz proporcionada por una mini-célula fotovoltaica que había absorbido energía solar durante todo el viaje.

    - Mañana estaremos en Chichén Itzá buscando el libro. Hoy acamparemos aquí.- dijo La Voz sonriente.

    - Si, ha sido una suerte haber encontrado este sitio. Aunque no veo necesario que mataras a aquellos hombres, eran enviados del Amo para proteger el lugar para que cuando llegáramos todo estuviera en orden.- comentó Moon.

    - Bueno Moon, ha sido divertido y reconócelo, tu también te lo has pasado bien ¿verdad? Tienes un gran poder Moon.- reconoció La Voz- Sin embargo tú…- dijo dirigiéndose a Kavita con una fría mirada.

    - Yo no he podido hacer nada. Antes de que me diera cuenta estaban muertos, además no tengo ningún poder como vosotros, no me dio tiempo a actuar.- dijo temblando de miedo.

    - Espero que seas más útil en otros momentos, porque si no, no me importará deshacerme de ti.- le amenazó La Voz.

    De pronto uno de los hombres que antes yacía muerto en las escalinatas del templo entró por la puerta. Su mirada era ya conocida por Moon y Kavita, era la misma mirada que tenía La Voz, aquella mirada terrible y oscura, aquella mirada que te hacía saber que algo no estaba vivo.

    - Pueden descansar en paz. Yo vigilaré esta noche el territorio, no necesito dormir.- dijo el hombre al mismo tiempo que volvía a salir y se posaba delante de la puerta.

    Año 20XX de nuestra época. Lugar desconocido. 00 a.m.

    Era una habitación oscura, alimentada únicamente por la luz tenue de unas viejas lámparas, dos hombres estaban en ella. Uno de ellos sentado en un sillón fumaba un gran puro y soltaba pequeñas volutas de humo, estaba sumido en la oscuridad. Mientras que el otro, justo debajo de una de las lámparas, en uno de los lugares donde más luz había de la habitación, jugaba sentado al ajedrez. Iba vestido de pies a cabeza con un vestido a cuadros negros y blancos. Su semblante era de completa locura y tenía el pelo grisáceo, corto, pero a la vez desaliñado.

    - ¿Cómo va eso?- preguntó el hombre que estaba fumando.

    - Bien, bien Amo. Las piezas ya se están moviendo.

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    Re: No se aún que título ponerle

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